Desempleada, solterísima y con los salarios producto de recitar "Thank you for calling Bodog wagering, my name is Andrea, may I have your account number, please?" un promedio de 6048 veces, este es el relato de una mujer de 30 años, quien un buen día decidió iniciar un periodo dadaísta en su vida y subirse a un caballito de madera solo para balancearse un rato sin llegar a ninguna parte, bajo la filosofía de Charlie García: "La vida es disfrutar el paso del tiempo".

jueves, 7 de junio de 2012

Que no te digan NUNCA cómo debe ser tu familia


Nunca, pero nunca, se me olvidará, mientras viva, ese día. Fue uno de esos días de revelación trascendental. Uno de esos que marcan un antes y un después. De epifanía. De iluminación. Un día que constituye una página en blanco entre el antiguo y el nuevo testamento, si se quiere, para proseguir con la analogía bíblica, delirio de muchos.
Tenía 12 años. Estaba aplicando para un nuevo colegio y, como parte del proceso de admisión, requerían un examen psicológico para todos los aspirantes. Era, como suelen ser los exámenes psicológicos rutinarios para ver cuán demente puede ser un carajillo a tan temprana edad, bastante sencillo. Consistía, básicamente, en dibujar una familia.
Crayolas en mano, esbocé, con mi capacidad artística que se quedó estancada en segundo grado, lo obvio: un papá, una mamá y tres hijos (aclaro que mi generación está formada por una extensa cantidad de tríos de retoños. La próxima, tal parece, dibujará un dúo modelo, ojalá y “sea la parejita”). También incluí un perro, por supuesto. En fin, una familia. Según yo, había pasado automáticamente el examen.
“¿Esta es su familia?”, me preguntó la psicóloga, ignorando mis cualidades pictóricas nulas, tal vez para hacerme sentir más “normalita”
“No” contesté. Diay, era la verdad.
“¿Y por qué no dibujó la suya?”, fue su cuestionamiento.
Avergonzada, le dije que eran mis vecinos, los cuales me parecían una familia muy bonita. Diay, era mentira. Sólo que en ese momento no quise parecer tan mutante como para decir que yo, desde que tuviera uso de razón, consideraba que no tenía familia y que, por eso, no la podía dibujar.

Quienes sí debieron protagonizar el dibujo en cuestión
Mi familia, por supuesto, era de la clase aberrante de los tiempos modernos, depravados e inmorales que, por desgracia, corren hoy en día. En un censo en Sodoma y Gomorra, seguro que hubiera sido normal.
Papá no había, para empezar, así que patriarcalmente, desde el principio, ya la vara estaba jodida. Sin embargo, en mi casa vivía con mi mamá, que hasta el día de hoy, lo sostengo, tiene que ser la mejor de todas. Y si no es la mejor, mínimo, la mae queda de finalista. Al chile. Creo en eso tan objetivamente como me lo permite ser su hija.
También vivían mis abuelos. Mi abuela, la verdad, me sacaba de quicio y teníamos muchas diferencias pero, para bien o para mal, pasábamos muchas horas juntas que hoy, cuando me acuerdo, me hacen sonreír: se inventó una casita de un armario, me daba de comer lo que yo quería (plátano maduro, mi comida favorita hasta el día de hoy) y, aunque a veces nos queríamos tirar el papel higiénico por la cabeza cuando había que luchar por la posesión matutina del único baño de la casa, siempre me acuerdo de que me llamaba “mi compañerita”. Ese título no tiene precio. Como bonus extra, me enseñó a amarrarme los zapatos a la tardía edad de 6 años, porque mi motora fina siempre ha sido un desastre. Cuando lo conseguí, fue la primera vez que lloré de felicidad en mi vida. Ella me enseñó que las lágrimas sirven para más que cuando uno está triste o se raspa un codo.
Mi abuelo fue el primer hombre importante de mi vida. Con un marcadísimo psíndrome de Electra, lo adoraba. LO ADORABA. Fue el que me hizo escuchar música clásica, el que me dio el ejemplo de leer, el que me enseñó a contar más allá de 33, el número de mi casa. Y aunque a veces el mae oliera a guaro, a mí igual me cuadraba sentarme a hablar con él, los dos en el sofá. Al menos dejaba que yo lo peinara como me diera la gana mientras dormía la goma. Lo admiraba tanto y llegó a ser tan viejo, que en el fondo llegué a creer que era inmortal. Cuando lo vi en el ataúd una noche de verano, me parecía que no lo podíamos enterrar porque iba a resucitar de un momento a otro. Lo mismo había pasado con mi tortuga: sobrevivió a tantas varas que cuando se murió, la tuve tres días en capilla hasta que comenzó a oler feo. Con mi abuelo no se pudo hacer lo mismo, así que, al día siguiente, terminé echándole yo misma 27 paladas simbólicas de tierra (la edad que tenía en ese momento). Me contenté con un tatuaje en su honor y la promesa de que reencarnará en un hijo mío.
En mi casa, también, vivían mis tías. Una de ellas hija adoptiva de mis abuelos, por cierto, pero para todos nosotros de dónde vino nunca ha sido, ni por asomo, algo tan importante cómo dónde está y hacia dónde va. Según ella, la mae tenía súper poderes y me hizo sentir la adrenalina de decidir si quería que me “desapareciera” y me enviara a saber cuál universo paralelo con un chasquido de dedos. Fue la misma adrenalina deliciosa que sentí muchos años después cuando salté en bungee. Desafiar las posibilidades. Arriesgarse por sentirse vivo Mi otra tía, mientras tanto, es la que, hasta el día de hoy, no deja pasar uno sólo de mis cumpleaños en blanco y que, cuando he salido del país, es la voluntaria para irme a recibir al aeropuerto. Y un ejemplo de una persona extremadamente fuerte. 
Sus hijas, mis primas, también vivían conmigo. Con ellas, compartí la relación amor-odio de las hermanas. Por ellas, creo que nunca me he sentido hija única, porque ¿cómo se va a sentir uno solo cuando tiene a un par de güilas que lo joden con la ropa que usa? (Un calzón con cola de pato de vuelitos, admito que las maes tenían razón). ¿Cómo va a decir uno que creció sin hermanas si con ellas jugó a un tren con las sillas de la sala? ¿Cómo puede uno pensar lo contrario cuando la mayor felicidad era que no fueran a clases para que se quedaran jugando todo el día, así fuera a costa de pegarles las paperas maquiavélicamente? Y aún así, cuando yo iba a la escuela tenía que asumir que era hija única, aunque el dedo entablillado por la justa causa de sentarse en la misma silla del comedor dijera lo contrario.
A mi hermano lo conocí cuando tenía 17 años. Ha sido uno de los momentos más felices de mi vida y que siempre cuento cuando tengo la oportunidad, porque me hace sonreír con tal fuerza, que temo que un día me dé una parálisis facial y me quede con las comisuras arriba el resto de mis días. Igual, me arriesgo, porque él me hace inmensamente feliz. No importa que nos hayamos pasado la que ahora es casi la mitad de nuestras vidas separados, sin saber nada uno del otro. Igual, él es mi hermano.
Para terminar de rematar el cuadro familiar, mientras crecía, en mi casa no teníamos sólo un perro, si no tres, además de pericos, tortugas, pájaros, y algunos pollos que desaparecían misteriosamente según la temporada. Nunca tuvimos un gato, pero bueno, no hay familia perfecta.
Durante años, cada vez que me pedían dibujar una familia, me convencía a mí misma diciéndome que no los dibujaba a todos porque eran muchos y no cabían en la hoja. Después de más tiempo del que fue justo, me di cuenta de que no los dibujaba porque la sociedad me decía que ellos no eran una familia. A pesar de todo estos momentos que me hicieron sonreír, enojarme, llorar, odiar, amar y odiar de nuevo para volver a amar, y a pesar de que ellos me ayudaron a vivirlos, yo creía que no importaban porque no había papá, hermanos y un único y monacal perro. Yo, entonces, le creí a la sociedad que, quienes me rodeaban y me daban su amor, no valían un carajo. Y los tracioné. A ellos. A mi familia. Por casi toda mi vida.
La familia que somos
Hoy, cuando aparece Justo Orozco y demás séquito exigiendo que defendamos la familia costarricense, lo que se me sigue viniendo a la mente, así como casi 20 años atrás, es mi mismo dibujo de papá, mamá, tres hijos y un perro genéricos. Esa imagen sagrada, estereotipada, de portarretrato de Hallmark y de Mi hogar y mi pueblo, que habita en el ideario colectivo de nuestra sociedad, cuando la realidad es que hay familias de familias, porque hay circunstancias de circunstancias, elecciones de elecciones; incluso, muchas veces no es cuestión ni siquiera de escoger, porque bien dicho es que nadie, al fin y al cabo, escoge a su familia.
Hay familias de familias porque un día la gente comenzó a cansarse de fingir que eran felices pretendiendo que eran monógamos, pretendiendo que eran heterosexuales, pretendiendo que aún se amaban cuando el amor ya se había ido hacía rato por la ventana. Porque la infidelidad ha existido desde que el mundo es mundo, la homosexualidad también. Los corazones rotos, ni se diga. Y con el tiempo, la humanidad se ha dado cuenta de que no vale mantener un escenario de matrimonio de la realeza si nadie es feliz y así, se ha dejado de ser hipócrita poco a poco.
Yo, en lo personal, no quiero que NUNCA nadie más se sienta como yo me sentí por muchos años. Quiero que todo el mundo pueda sentirse orgulloso de su familia, aunque sea diferente. No importa si es la tradicional o la peyorativamente llamada “disfuncional”, que muchas veces es más funcional que muchos circos que andan por ahí, viviendo en casas donde la felicidad no entra hace rato a tomarse pero ni un café.
La familia no es la gente que comparte tu sangre, como si eso fuera una garantía irrefutable de que el mundo será perfecto. Tampoco un directorio legislativo que, siempre ha de tener presidente, secretario y puestos determinados a huevo, porque si no, está condenado al fracaso. La familia es, simplemente, la gente que te ama y que amás. Y aunque mis conocimientos teológicos son casi nulos y lo que voy a decir no tiene base científica, histórica, ni nada, igual lo voy a decir: Jesús me parece que también pensaba parecido porque en vez de quedarse con María y José, buscó hacer una familia mucho más grande, impensable para la mentalidad de su época.
Por eso es que yo ya no dibujo a mi familia, más allá de que me dé pena que se den cuenta de que en el 2012 sigo dibujando con la misma calidad que en 1989. No la dibujo, porque mi familia está conformada hoy por una holandesa y un par de gemelos que aún no nacen y ya adoro como mis sobrinos. Por una argentina casada con un griego. Por un par de amigos gay que se adoran y que me han hecho comprobar, aun más, que el amor no se fija si en la puerta dice “damas” o “caballeros” para entrar de lleno e inundar la habitación. Mi familia incluye una salvadoreña a quien admiro con todo el significado que tenga esa palabra, y una mexicana que me ha hecho reír y que ha estado ahí por mí cuando más la he necesitado. También cuenta con un mae que aún no termino de calificar entre amigo, hermano, novio platónico o amante a ratos, porque es tan importante en mi vida que, simplemente, no se puede etiquetar. Mi familia es una española adorable cuya casa es mía y la mía es suya, y mis amigas que me hacen cumplir apuestas estúpidas cuando pierdo jugando al parqués. Mi familia han sido 60 niños en Mozambique, unos inmigrantes nicaragüenses, un brasileño y un serbio que tengo por hijos adoptivos, o un italiano, una georgiana y un argentino con los que los fines de semana iba en excursión a aprender a volar un parapente sin manual alguno.
A mí que nadie, ABSOLUTAMENTE NADIE, me venga a decir que esa no es mi familia, como lo hacían cuando era niña con sus parámetros morales de 1950, a lo I love Lucy. Y que NADIE, ABSOLUTAMENTE NADIE, le venga a decir a otros cómo debe ser su familia para ser “familia”. Si yo no dibujo a mi familia ya, es porque de veras, ahora sí, no me caben todos en la hoja. Y creo que, ahora sí, soy infinitamente más feliz de poder decir que eso es la pura y santa verdad.

martes, 17 de abril de 2012

La esvástica tatuada o la boca cerrada

¡Oh no...! ¡Un neonazi en Costa Rica! Para quienes creían que tal fenómeno no era posible y hoy se están persignando bajo el ala de una paloma de la paz, no sé si se han atrevido a mirar más allá de sus plumas.
Primero: si este pseudonazi (porque dudo mucho de que este muchacho sepa en realidad de qué está hablando) se queja de que ahora lo marginan por su manera de pensar, lo que se me ocurre criticarle es que si no quiere ser discriminado, entonces que no discrimine. Quiere respeto, respete a los demás. Quiere ser aceptado, acepte a los demás. Simple. Usted recibe lo que da. O al menos, así es en la buena teoría.
Pero sus palabras me suenan tan conocidas... Y no porque desde hace años existen en Costa Rca grupos de este tipo (sí, exacto, grupos neonazis, organizados). Si no porque las escucho casi todos los días. Los gringos son estúpidos. Los chinos son feos. Los nicas son maleantes. Los negros huelen mal. Ser indio es ser maleducado. Los argentinos son odiosos... Puedo seguir por horas. ¿Con indignación, ira, miedo porque hay un neonazi entre nosotros? ¿Que no siente un poquito de eso todas las mañanas, cuando se ve al espejo?
Neoracismo. Ese debería ser el término hoy en día. Es cada vez menos común que alguien como el muchacho que hoy todo el mundo quiere apedrear en la plaza de la democracia reconozca abiertamente ser racista o xenófobo. Claro, ya pasó de moda. Pero si estuviera sentado en un bar en San Pedro, por ejemplo, diciendo con aire intelectualoide que todos los estadounidenses son estúpidos, después de haberle ido a tirar carne podrida a la embajada de EE.UU, seguro que no lo despiden del trabajo. Si hubiera ido con un grupo de amigos a un restaurante chino y hubiera dicho que él no va a comer nada, porque le sale un pedazo de perro en vista de que los orientales son unos grandes chinos-cochinos, todo el mundo lo entendería. Si hubiera puesto una foto de un rottweiler envuelto en una bandera de Costa Rica en el facebook, no sale en un blog ni en los periódicos. ¿Cuál fue su error? Diay, tal parece que se apuntó en el equipo equivocado. Murdock, sin ojos azules ni cabello rubio que al menos respalde en alguito su estricta ideología, se ganó el apodo de morenazi, porque ni pinta de ario tendría aunque volviera a reencarnar. No se quiso unir a la manada a la que debería pertenecer. Se fue con un bando que ha sido el perdedor desde que, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, se encerró a un grupo de alemanes en una especie de campo de concentración allá por el mercado del mayoreo. Sí, aquí, en la misma ciudad donde hay palomas de la paz por todas partes, para que al mundo le quede claro que, en el país más feliz del mundo, los tiempos han cambiado. Pero si se hubiera venido a sentar con nosotros en el bar a contar chistes de nicas y de homosexuales, bienvenido, tráiganle una Imperial al mop.
Yo no soy la abogada del diablo, pero... Yo, bajo ningún tipo de circunstancia, defiendo a Murdock o como quiera que se llame, por un principio básico: si él no respeta a los que son distintos a él, yo no tengo por qué respetarlo. No voy darle lo que él no está dispuesto a dar. Pero lo que sí le admiro es el valor para dar la cara por lo que cree, aunque esté en un error tan grande, en una sociedad tan hipócrita como la tica, donde mientras todo sea a escondidas y se diga bajito, está permitido. En esta aldea donde los seis grados de separación son dos y su integridad física, así como la de su familia, corren ya peligro. En este país donde todos pensamos tan igualiticos que es hasta pecado que a uno no le guste el fútbol. Quizás ahora se rasgan las vestiduras porque nunca nadie lo había llevado a los extremos. Nadie lo había dicho tan crudo y sin censura. Y nadie había tenido noticia de que una persona con un pensamiento así, pudiera ser policía y tener acceso a un arma. Claro que da miedo. Pero a mí me da más miedo que sólo cuando se llega a estos extremos nos espantamos.
En lo personal, más allá de criticarlo, porque no conozco su vida (aunque me parece que es evidente que el mae se ha lavado el cerebro con la propaganda equivocada y que ocupa un tatuador profesional), me pregunto a mí misma qué he hecho yo, como ciudadana de su mismo país, para frenar ideas como estas. Es cierto, no las propago, pero tampoco hago todo lo posible por detenerlas en mi cotidianeidad, cuando vienen disfrazadas de hechos más “ingenuos”. No voy a iniciar una cacería de brujas, si no he hecho nada algunas veces excepto quedarme callada por educación (¡por educación!) cuando oigo un chiste xenófobo. No voy a lanzar piedras cuando no he salido a defender los derechos de los homosexuales, de los indígenas, de los inmigrantes, de las personas con discapacidad. No voy a jugar de que soy íntegra cuando en tantas ocasiones, al no tomar el bando del oprimido, he tomado automáticamente el del opresor. Yo no llevo una esvástica tatuada. Pero llevo la boca cerrada y los brazos cruzados. Y a veces, francamente, no sé qué sea peor.



























lunes, 26 de marzo de 2012

La peor parte de viajar

Y este tampoco es. Este mecánico de aviones de la fuerza aérea, alto, guapo, con una sonrisa tan amplia que pareciera tener más dientes que el resto de la gente. De ojos de un color azul hermosamente indefinido. Y una pin up girl tatuada en las costillas. Él, quien me compró un par de flores para que un mendigo nos dejara de seguir por las calles de Bogotá un domingo por la noche. Él, quien me cargó en sus brazos para que no me lastimara los pies entre las piedras de una playa solitaria, tipo luna-de-miel-que-nunca-vamos-a-tener. Él, quien tiene manos grandes, dentro de las que se pierden las mías. Un príncipe vestido en Aeropostale. Pero él tampoco es. No importa cuánto me guste. Este tampoco es el hombre de mi vida.
La peor parte de viajar es tener que decir adiós y darte cuenta de que, aunque querrás escribir más páginas con ese mae, no hay más hojas en blanco. Lidiar con esa ironía de que, aunque sos la escritora de tu propia historia, no podés tener en ella a todos los personajes que querés. Cuando suena la bocina del taxi, cuando la voz en los parlantes anuncia la salida del vuelo, o en las pantallas aparece ese maldito tren ya puntual en el andén, el destino te arrebata la pluma de las manos. Y ya no sos vos la que tiene el control, si no que delante tuyo se escriben esas palabras típicas de las despedidas, con la tinta imborrable del ni modo: “Cuidate...”, “Gracias por todo...”, “Te voy a echar de menos...”. Crucigramas de ausencias que otros han rellenado antes, acompañados de una sonrisa de resignación tremendamente estoica. No importa cuánto desees que él se quede a tu lado: tendrás que dejarlo ir, por este mundo que parece a veces tan infinito.
Y ahí, mientras lo ves alejarse (o él te mira alejarte a vos, da igual) te das cuenta de dos verdades abrumadoras: como ser humano siempre tendrás la impotencia y siempre tendrás la soledad. Y la nostalgia, ese pellizco doloroso que te da tu alma para indicarte dónde verdaderamente quiere estar, te inunda por completo y te empuja las lágrimas. No puedo imaginar una peor mezcla de sentimientos como los que te atacan en una despedida.
Con el tiempo, he aprendido a hacerlo con una sonrisa, cincelada por la práctica y por la esperanza de que quizás nos volveremos a ver. Me aferro a ese quizás como si fuera una garantía incuestionable, cuando en realidad, lo único incuestionable en esta vida es la muerte. Todo lo demás es pura suerte.
No sé cuántas veces he tenido que despedirme. Del mae que era metrosexual. Del mae que daba besos con aroma a marihuana. Del mae que viajaba más que yo. Del mae que tocaba contrabajo. Del mae que tenía manos de granjero. Del mae que usaba calcetines blancos con zapatos negros. Y del mae que era mecánico de aviones. Y, por supuesto, de vos, no una, ni dos, sino tres veces. Todas historias que fueron, pero que no llegaron a ser. Relatos cortos en busca del hombre de mi vida.
Si acaso, habrá epílogos de email y Facebook. Él pasará de ser unos brazos que te estrechan cuando sale el sol, a convertirse en unas simples letras arial número 12. Su voz grave con acento extranjero se transformará en esa interna que está en tu cabeza, neutra e indefinida, de cuando lees en silencio. Su aroma, de after shave y testosterona, se le olvidará a tu nariz. Y ahí, a lo sumo, tendrás su foto de profile, en la que por supuesto sale más guapo de lo que es en realidad, para que te frustrés más todavía. Eso será todo.
Evidentemente, la parte positiva de estas historias es que mueren jóvenes y dejan, por lo tanto, un cadáver bonito. Se van directo al cielo de los buenos recuerdos, y con el tiempo, adquieren esa perfección inmortal de los romances de verano. No hay hijos de puta en ellas, si no que uno se queda con la ilusión de que se encontró un príncipe azul para variar. Esa es la magia de la brevedad: el tipo te es fiel porque ya ligó y por el momento está satisfecho, el sexo es bueno más por novedad que por calidad, y los desacuerdos se resuelven rápida y cálidamente, disfrazados por la cordial educación de quienes no se tienen la suficiente confianza todavía para lanzarse los platos por la cabeza. Hasta los ronquidos del mae parecen melodiosos. Todo es armonía y perfección.
Y sin embargo, no se me ocurre mejor razón para dejar de viajar que despedirme de las despedidas. Ya he tenido suficientes. Ya anduve demasiados caminos. No quiero tener más que mirarlo a los ojos por Skype. Quiero hacerlo frente a frente, hasta poder estirar la mano y sentir su rostro sin afeitar, no la pantalla, plana y fría, que igual me puede mostrar algo tan irreal como un Super Mario recolectando monedas en un cielo con nubes que parecen muelas. Que el hombre con quien querés estar quepa en una laptop me parece de lo más triste que pueden ofrecer los tiempos modernos, teniendo en cuenta, sobre todo, que las laptos son cada vez más y más pequeñas.
No quiero decirle más adiós a historias cortas y perfectas. Quiero darle la bienvenida a la historia larga e imperfecta.
Quiero esos defectos de la cotidianeidad. Esa en que lo llegás a amar porque él es un hombre y, por lo tanto, es imperfecto. Porque el mae orina en la ducha, porque eructa, porque se tira pedos. Porque se te pierde en esos silencios masculinos desesperantes, porque no te escucha cuando le estás hablando y te da soluciones que no ocupás, porque te dejó plantada un día por un pinche partido de fútbol. Amarlo aunque ronque y quiera ahogarlo con la almohada. Pero amarlo, al fin y al cabo. Descubrir que no es un sueño, si no una realidad.
Me cansé de despedirme. Me cansé de la peor parte de viajar: decir adiós sin saber lo que pudo haber sido. Sin haberlo intentado. No quiero más tener que irme, quiero regresar de nuevo a unos brazos que me estrechen aunque nos equivoquemos. Y dejar partir los “y si hubiera” definitivamente. Esos sí, que se vayan.
No quiero al príncipe de días breves. Quiero al hombre de días prolongados. Al hombre de mi vida. A ese que busco siempre y que nunca encuentro.

Y tal vez no seas tú.. y tal vez no seas tú el hombre de mi vida

domingo, 5 de febrero de 2012

Pidiendo ride en Croacia y otras cosas

I wonder how the police would tell my parents the way I died... “. Mientras avanzamos kamikazemente por calles encurvadas como fetuccinis ya servidos, comienzo a preguntarme los mismo: “Sí, doña Elisa, su hija murió en la isla croata de Pag, camino a la ciudad de Zadar, en los Balcanes, en un accidente de tránsito, junto con dos macedonios y un gringo-finlandés”. Para mejores, mi hipotética muerte estaría amenizada por una música que se volverá frecuente en este viaje balcánico, tipo turca, con voces de vibratos hiperbólicos a toda perilla.
David, Kalevi y yo, después de pasar un par de días en la isla de Rab y saltar a la de Pag, seguimos nuestra ruta hacia Zadar, ciudad encallada en la mitad de la costa de Croacia. Nuestro plan es pasar allí el día y después proseguir hacia Vodice, uno de esos pueblos que solo viven en verano y luego regresan a un Hades de aburrimiento por el resto del año. O sea, esta vara se perfila como un día maratónico. De hecho, mientras escribo estas líneas me pregunto CÓMO CARAJOS hicimos tanto; ha de ser porque aquí el sol veraniego se desvela también por el calor. Eso extraño de esas latitudes: esa luminosidad prolongada, como si la Tierra fuera de la dimensión de Júpiter y no rotara siempre tan deprisa, dándole a uno la sensación de que la vida rinde un poquito más.
En fin, David, quien bien pudo haber asisitido a Woodstock, asegura que a su edad prefiere la previsibilidad del bus y no los caprichos de los aventones, así que acordamos que él se irá en transporte público hasta Zadar, mientras que Kalevi y yo seguiremos motorizados por nuestro dedo pulgar. De este modo, salimos por separado de la localidad de Novalja, dispuestos a recorrer los más o menos 100 kilómetros que hay hasta Zadar.
Mi experiencia pidiendo ride es relativamente amplia. En Mozambique era bastante, pero bastante común: desde que me bajaba de la micro, caminaba y me faltaban a veces unos 200 ridículos metros para llegar a mi casa, hasta el viaje odiséico de 500 kilómetros desde Maputo hasta la idílica playa de Tofo, para asistir a una fiesta de luna llena. Extender la mano ante un automóvil era un movimiento cotidiano en esas épocas, sin caballito de madera que las haya registrado. Kalevi, un poco más novato, ha comenzado a pedir aventón en este viaje, pero logró llegar desde Trieste a Zagreb, de modo que ya ha perdido la virginidad de su dedo pulgar. Por lo tanto, caminamos hasta la salida de la carretera y hacemos una breve parada en un supermercado, donde yo echo por tierra unos huevos Kinder para robarme impunemente su caja de cartón, con el fin de que nos sirva de letrero (mea culpa; ahora sí, échenme la policía croata).
Con nuestro destino escrito en grandes letras rojas, comenzamos a pedir aventón entonces. Hitchwiki, la wikipedia de todos aquellos que recorren el mundo a dedo, clasifica el área de los Balcanes como una de las más amigables para pedir ride y es cierto: en todo nuestro viaje, lo más que esperamos Kalevi y yo fueron 20 minutos. En el caso de este episodio, pronto, fuimos recogidos por un hombre macedonio y su padre, sonrientes y amables, que aparte de su lengua natal, solo hablaban alemán (¡y volvemos, noch ein mal, con el bendito alemán! Esto es como si Hitler hubiera ganado la guerra). Und schnell, schnell! Ese mae iba manejando como si lo persiguieran los cuatro jinetes del Apocalipsis. Casi que me pegaba al asiento de la velocidad, mientras veía pasar vertiginosamente por mi ventana ese panorama croata TAN DISTINTO al tico, esa costa balcánica que es casi como un paisaje lunar: colinas enanas y cenicientas, rodeadas por inmensidades acuáticas que se confunden con el cielo, un sandwich de pan azul con aderezo gris. HERMOSO, diferentemente hermoso... Tan hermoso que, si bien hubiera sido lo último que hubiera visto en mi vida, a esa velocidad demente, seguro que ni siquiera hubiese notado el cambio al cielo.
Camino a Zadar

Los macedonios, después de dejarnos en el centro de Pag (arbeit, entiendo) se ofrecen a recogernos de nuevo en media hora, luego de que finiquiten unos negocios en la localidad, para seguir rumbo a Zadar. Sin embargo, Kalevi y yo, quienes nos hemos imaginado repatriados en bolsas plásticas, decidimos ubicarnos en las afueras de un supermercado y pedir otro aventón, el cual resulta mucho más tranquilo, con una pareja de edad madura que balbucea un inglés rudimentario.
Gracias a la celeridad del transporte macedonio, llegamos primero que David, de modo que lo esperamos en la estación de bus sentados pacíficamente, sobrevivientes. Luego, una vez convertidos en tripleta de nuevo, nos damos una vuelta en un calurosísimo día veraniego por Zadar, ciudad ubicada en la zona de Dalmacia (para sus trivias o eventual participación en Quién quiere ser millonario: de aquí vienen los perros dálmatas y es en Croacia donde se inventó la corbata, la cual usaban sus ejércitos: croata => cravata => corbata, esa más o menos fue la metamorfosis etimológica, a grandes rasgos lingüísticos, claro está).
De mi fugaz paso por Zadar, en este día que hicimos de todo, voy a recordar dos cosas: primero, LO INCREÍBLEMENTE LIMPIA que está. Bueno, es que ni Suiza, que suele ser el parámetro de la perfección. Al menos yo en Zurich y en Ginebra veía chingas de cigarro en el piso por ahí, pero es que esto (y Croacia en general) es la inmaculada concepción urbana. Lo cual me lleva a la siguiente reflexión: para mí las guerras son uno de los elementos de la trinidad de absurdos de la humanidad (además de que haya gente que se muera de hambre y de que las mujeres caminen en tacones). Y, por supuesto, no importa el lugar, es inconcebible que haya naciones que se tiñan de sangre. Pero no puedo evitar la idea de que en un país con calles tan impolutas, macabramente, se haya notado aun más. Zadar, al igual que Duvrobnik y Sibenik (ciudades que se cruzarán más adelante en mi camino) fueron atacadas violentamente por fuerzas serbias. Y me cuesta imaginar esta pulcritud salpicada con sangre por todas partes, asi como un perro dálmata tiene manchas incontables sobre su pelaje blanco. Ya para estas alturas, escuchando tantas “bellezas” sobre los serbios, podría comenzar a imaginármelos como orcos yugoslavos, delirantes en su imperialismo soberbio; sin embargo, intento mantenerme suizamente neutral y con la mente abierta.
La inmaculada Zadar

Lo segundo que cabe mencionar acerca de Zadar es su órgano marino. Simbiosis entre diseño arquitectónico e instrumento musical de corte experimental, es como una especie de malecón escalonado a la orilla del mar Adriático. Gracias a una serie de tubos en su interior produce música (o al menos, unos cantos de sirena barítona) con el movimiento de las olas .Aunque he de reconocer que me decepcionó un poco (a veces no sé qué me imagino yo en mi cabeza surrealista: ¿qué esperaba? ¿Un concierto en fuga estilo Bach para un monumental Poseidón?), la verdad sí disfruté de sentarme al lado del mar a escuchar esos resoplidos marítimos, que se agitan asmáticamente cuando pasa un barco cerca. No deja de ser dadaísta: si alguien me hubiese dicho un año atrás que estaría en una ciudad que ni siquiera sabía que existía, escuchando un órgano marino, mientras un perro labrador chapotea alegremente a la par mía, en esta península balcánica tan infamemente masacrada...
Escuchando el órgano marino

Después del concierto náutico, enrumbamos hacia Vodice, una ciudad reducida, que pensamos tomar como base para ir al Parque Nacional de Krka al día siguiente. Ahí, nos quedamos en una pensión, una casa gigante, administrada por una adolescente serbia y su padre. Es interesante:me imagino que aquello es como si tuviera uno una casa en Guanacaste para los veranos, pero luego, viene la guerra, y ya tiene uno una casa en otro país. Ahora, se llama Croacia y no Yugoslavia.
En fin, con el alba y después de pedir el respectivo ride, otorgado por un simpático pintor de brocha gorda, enrumbamos hacia Krka, del cual guardaré tres recuerdos principales: uno, que nunca he visto TANTA agua por todas partes. Hacemos una caminata entre senderos y siempre hay líquido corriendo por algún lado. Parece como si Dios aún no hubiera separado bien las aguas de la tierra. Me parece increíble cómo, por el contrario, en la región de Tete, en Mozambique, la gente camina por horas para llenar un pinche balde. Me he obsesionado con la idea de que si un par de misiones de aliens aterrizan ahora, una digamos en África y otra en Europa, y regresan con los informes, van a creer que fueron a planetas totalmente distintos. Número dos sobre Krka es que su paisaje es tan heterógeneo y rico, que casi no tengo dos fotos iguales. Sus aguas hermosamente turquesas pueden tornarse tranquilas y diáfanas, luego blancas y espumosas como jacuzzi, después verdes y sostenidas, hasta volver a su turquesa extático y va de nuevo, en esa transfiguración camaleónica, acuática y cíclica. Y tercero: no he tenido oportunidad en mi vida de nadar en un sitio más paradisíaco que este. Si bien es cierto que las cataratas no son tan impresionantes como las de Victoria, en la frontera entre Zambia y Zimbabwe (bueno, es que eso ya es mucho con demasiado) cada lugar tiene lo suyo y estas cascadas de jade líquido, o unas parecidas, tuvieron que estar en el Edén al principio de los tiempos, antes de que todo se despichara por una pinche manzana. Croacia, definitivamente sorprende, no más vean las fotos:
Agua por todos lados

Cataratas en el parque nacional de Krka

Kalevi y yo tomando un baño. Él es quien quedó bien en la foto, yo nadaba y nadaba para entrar en calor!

¿Los contras? La entrada al parque nacional nos hirió la billetera severamente y hay que tomar un bus desde Sibenick, que solo pasa dos veces al día, hasta un pueblo cercano, que ha de ser el más aburrido de toda Croacia. En una tarde de sábado somnoliento, Kalevi y David se dedican a catar vinos en la tienda local (inexplicable cómo ese negocio puede prosperar ahí), mientras que yo merodeo con mi cámara por los alrededores y acabo presenciando una ruidosa boda croata.
Es Vodice el último común denominador turístico que compartiremos Kalevi y yo con David. Luego, él seguirá hacia la ciudad de Split, donde tiene una reservación irreversible en un hotel (por eso nunca me gusta reservar nada sino hasta el último minuto). Nosotros, por nuestra parte, seguiremos hacia Dubrovnik y, de ahí, cruzaremos hacia Montenegro.
Me da pena despedirme de David. Ha sido un excelente compañero de viaje, a pesar de la brecha generacional. Lo que me pone a reflexionar si quiero terminar como él: solo y mochilero. Se ve realizado, una persona de mente amplia, experimentada, de mundo. Pero creo que no quiero ser como él cuando haya vivido el doble de lo que llevo hasta ahora. Aunque me he acostumbrado a viajar sola, e incluso a veces Kalevi y yo tenemos que darnos nuestros espacios (lo adoro ya para estas alturas del viaje, pero cuesta que me domestiquen), lo cierto es que prefiero la compañía y estoy MÁS QUE AGRADECIDA por haber contado con amigos en mi camino. Pero, ¿hasta cuándo? Y más me convenzo de que esta época la tengo que vivir hasta sus últimas consecuencias, recorrer el mundo intensamente, porque aunque ame viajar con todas mis fuerzas y este estilo de vida sea aventurero y fascinante, no quiero estar más sola... Mochilera sí, pero sola no.


lunes, 5 de diciembre de 2011

¿Quién quiere ser millonario?

Usted recibió 900 mil dólares por:
A) Unos confites que mi tata no se comió al final.
B) Por hacerle un favor a un compa.
C) Porque soy un corrupto.
D) No me acuerdo.
B, respuesta definitiva.
Posiblemente José María Figueres, para llegar a tan preclara explicación después de 7 años (en el concurso ya le hubieran sonado la chicharra) usó todos los comodines: la llamada telefónica a un asesor de imagen, el 50/50 para que se la dejaran más fácil (luego de ser enterrado 15 minutos como parte del entrenamiento en Westpoint uno puede perder la memoria) y la ayuda del público, que seguro le recomendó llorar para que todos exclamáramos con el indulto absoluto y por antonomasia de Tiquicia: “¡Pobrecito!”
Esa es la triste historia del primer exiliado en años del país. Moraleja, niños, moraleja: no le den consejos a nadie si ofrece darles 900 mil dólares a cambio, porque puede uno terminar con que no le dirijan más la palabra sus vecinos suizos (que suelen ser tan cálidos que aquello parece la serie de televisión El Barrio) y sin comerse un tamal en años. La tragedia.
Caudillismo del siglo XXI. ¿Quiere ser millonario? Primero, busque tener un apellido famoso, porque de otra forma no será usted la mente más rápida. Cada pueblo tiene a los gobernantes que se merece y, en este, la historia más reciente ha demostrado que ese es un requisito indispensable. En este país la democracia se ha convertido en un circo cada cuatro años. El resto del tiempo basta con hacerse un nombre, tipo la publicidad por posicionamiento. ¿Una marca de cerveza? Imperial. ¿Una de salsa inglesa? Lizano. ¿Un presidente? Calderón, Figueres o Arias. Yo a veces me lamento de tener unos apellidos tan corrientes y poco célebres, porque en este país basta con tener un nombre reconocido para que las puertas se abran, como si fuera una contraseña al poder. José María llegó a ser presidente por ser hijo de quien fue. Y Calderón también. Y Pacheco porque salía en tele. Y Rodrigo Arias se emociona todo porque está bendecido desde la pila bautismal ahora. Hay que tener nombre y ser de la argolla. Sólo así se logra, ya no se vota por partidos políticos, ni por ideologías, ni menos por integridad. Y por eso es que estamos condenados a repetir los mismos errores una y otra vez, como una mala película que sigue en cartelera porque a nadie se le ocurre poner otra. Si José María vuelve a Tiquicia al mejor estilo de El Regreso a comerse el tamal y se le mete la ventolera de ser reelecto, como le pasó a su contemporáneo generacional de la otra acera, alguien fijo le va a dar pelota inspirado en glorias del 48 y porque, seguramente, se beneficiará de una de las frases más conformistas que se han escrito en la historia de la humanidad y que muchos siguen esgrimiendo como un argumento incuestionablemente válido: “Mejor malo conocido que bueno por conocer”. Aquí lo que importa es el nombre. Como dice Umberto Eco al final de su novela El nombre de la rosa: “De la rosa solo queda el nombre”. Si se es una rosa blanca, roja o podrida, da exactamente igual: se sigue siendo rosa.
Memoria de teflón. ¿Quiere ser millonario? Si ya cumplió con el primer requisito y se lo llevó un tren por delante (errores cometemos todos, ¿o no les ha pasado que casi un millón de dólares los atropelle?), no se preocupe: aquí después de siete años nadie se acuerda de nada. Cuando dicen que Costa Rica es el país más feliz del mundo, se me viene a la cabeza Erasmo de Rotterdam y el Elogio a la locura. En Tiquicia tal vez la gente no perdona, pero sí olvida, lo cual pragmáticamente viene a ser mejor. Hasta hoy nadie se acordaba de José María Figueres, ni de su exilio (seguro que en España ha de ir a un grupo de apoyo con las víctimas del franquismo). Ahora las redes sociales están caldeadas con docenas de voluntarios que, para su última cena, se ofrecen a cocinarle un tamal antes de que lo quemen en el estadio nacional (que no se cansan de estrenarlo). Pero esperemos a que pase Navidad y que el rompope haga su alzheimer y podrá llegar al Juan Santamaría sin que nadie lo reconozca. Y podrá reinventarse de nuevo, surgir de entre las cenizas y ya lo veremos, en la versión 2.0, como empresario, asesor internacional o hijo pródigo de Liberación Nacional, pero siempre en las grandes ligas.
¿Quiere ser millonario? Si no cumple con lo anterior, no queda más que irse al programa, donde lo logrará con la humilde suma de 15 millones de colones... No son 900 mil dólares, pero no se queje: al menos puede comerse un tamal e ir a La Sabana, porque no todos tenemos la Lucha o dónde caernos muertos. Pero diay, está tuanis la jugada en el país más feliz del mundo. Yo ya estoy haciendo fila frente a canal 7.








jueves, 1 de diciembre de 2011

Santa Claus no existe

Santa Claus no existe. Si usted fue un niño(a) bueno(a) todo el año y está esperando un regalo tan material como todo lo perecedero en este mundo, queme su carta. O si quiere seguir siendo bueno, recíclela. Porque ese viejito, gordito y fetichistamente rojo, dulce por todo el azúcar de la Coca Cola que lo creó, es solo leyenda de marketing. Es un hecho.
Sin embargo, todos hemos terminado por aceptar su presencia y mea culpa: yo tengo fotos con Santa ya adulta en un mall y aquí en mi casa hay uno que baila Jingle bells rock. Al menos, tiene rostro bondadoso y hace que, por una vez al año, estar pasado de peso y ser adulto mayor sea algo chiva.
El acabose se transmitió el 1 de diciembre a las 4 de la tarde por Teletica, con una película titulada Una Navidad genial. Jesús, a este paso, no creo que quiera venir una segunda vez: en esta aberración de producción gringa pop, Santa Claus es un hombre de negocios (cincuentón y atractivo según los estándares del botox), de traje entero, que reparte regalos en un convertible rojo último modelo en compañía de una adolescente rubia más vacía que una muñeca Bratz. ¿Perdón???
¿Que ya no les basta? Excelente forma de empezar el mes de diciembre. Ya no les basta con corromper el verdadero sentido de la Navidad con un Santa Claus importado. Ahora, para ser bueno y traer paz al mundo, se debe tener un look a lo Donald Trump si se es hombre y, si se es mujer, se debe vestir uno con un vestido rojo intenso y ser rubia, como la señora Claus, quien al final de la película recibe a su exitoso marido con un abrazo que presagia sexo navideño. ¿Son estos los valores que inculca canal 7 a las 4 de la tarde empezando diciembre? Me ahuevás.
Yo no soy católica, ni siquiera cristiana. Tampoco fui una buena niña este año para andar tirando la primera piedra. Pero me indigna profundamente cómo los valores de una religión se han distorsionado por un materialismo que ha llegado a este punto. Yo creo que las creencias se respetan, desde todos los puntos posibles, y este tipo de programación, que es lo más alejado a los valores de humildad que predicó Jesús, en un canal que justo después de este esperpento fílmico pone un contradictorio Ángelus, no tiene nombre. No se trata de ser moralistamente utópico, ni convertirse en el Grinch criollo, ni ser más papista que el Papa. Si en muchos hogares del país hay un portal y arriba cuelgan unas botas rojas, jo jo jo: los tiempos cambian. Pero es que convertir esta época en una navidad de Barbie y Ken, cuando ya se ha corrompido tanto, y ponerlo en horario infantil no me parece algo ajustado a una responsabilidad como comunicadores.
Mi chiquito, apague el tele. Por supuesto, no creo que muchos adultos tengan tiempo a las cuatro de la tarde para ver una película destinada a un público infantil, como yo, que en retroceso a los 80 estaba esperando Los pitufos. Y por ahí, confiados en la niñera por excelencia, dejaron a sus hijos ver una película que ha debido pasar todos los controles para obtener el título de Para todo público.
Por supuesto, no tiene violencia explícita, ni sexo, ni malas palabras. Lo que me cuestiono es si esos programas son realmente el problema. Los niños generalmente saben que no se miente, que no se mata, que no se roba. Los mandamientos los tienen más fresquitos que nosotros muchas veces. Pero los niños no perciben actitudes igualmente dañinas como el materialismo o como los estereotipos absurdos de perfección. Y es por ese afán de consumismo desesperado y por esos estándares inalcanzables de belleza que la gente roba, que la gente mata, que la gente miente. Esa es la raíz de todos los males. Si un asaltante hace un bajonazo, pistola en mano, es porque, entre todos los problemas psicosociológicos que carga, lo que quiere, al fin de cuentas, es eso: dinero que le permita comprar esas cosas materiales por las que la humanidad delira. Y, si de verdad no es tan consumista, al menos no morirse de hambre, mal que fácilmente se solucionaría con un poco más de solidaridad en vez de estar pisoteándose por un nuevo celular en viernes negro.
Santa Claus no existe. Quizás este mundo se ha vuelto tan distorsionado que incluso ya no haya espacio para él si no viene vestido de Armani, manejando un convertible rojo y coordinando la entrega de regalos desde un Android. O al menos, por un par de horas, a Teletica le pareció así.
¿Santa???????

viernes, 4 de noviembre de 2011

Bienvenidos a los Balcanes

La primera novela que escribí (oh, sí, hay novelas mías, pero posiblemente nunca verán la luz de la publicación, hasta que muera, como Kafka) estaba inspirada en la guerra de los Balcanes. Escrita en un cuaderno Mead de 70 páginas (a mano, naturalmente, porque en esa época solo los ricos tenían compu), estaba inspirada en la foto de un soldado joven, enfrente de una tumba de otro igualmente joven, que recorté del periódico. Ya ni me acuerdo muy bien de qué iba, pero giraba en torno al sin sentido de las guerras. Para mí, dentro de miles y miles de años, cuando las futuras generaciones estudien este período de la historia, se preguntarán tres cosas: por qué había guerras, por qué la gente se moría de hambre y por qué las mujeres usaban tacones altos. 
En un viaje de esos maratónicos en tren, desde Sofía hasta Skopje, pasando por Serbia (léase como 14 horas compartiendo un vagón) entablé una rápida amistad con una chica islandesa, de nombre impronunciable (de veras, era IMPRONUNCIABLE). Por fortuna, había contado con unos padres con el suficiente sentido común internacional como para ponerle un segundo nombre muchísimo más sencillo de recordar: Yr.
En fin, aparte de contar ambas con una sed insaciable por conocer el mundo, uno de los aspectos en común que encontramos es que, tanto Islandia como Costa Rica, carecen de ejército, pero a las dos nos llama poderosamente la atención visitar lugares que hayan pasado alguna vez por una guerra. Seguramente, porque a uno como ser humano le suele interesar lo diferente y muchas veces funcionamos por algún magnetismo de curiosidad opuesto, nosotras, que vivimos en  países donde, a lo sumo, la única guerra que ha tenido éxito ha sido la de las galaxias, estamos medio obsesionadas por visitar sitios que se han teñido de sangre. De este modo, aparte de mis peregrinaciones por lugares emblemáticos de la Segunda Guerra Mundial, en este viaje tengo como imperativo histórico-social sumergirme en los Balcanes y conocer más de cerca estos países que solían formar parte de la extinta Yugoslavia y que, hoy día, son un saco de naciones que en los 90's nos llegaban hasta América acompañadas, invariablemente, de malas noticias.
Eslovenia

Aunque evidentemente, por el momento, no me adelantaré a los hechos, he de recomendar desde ya, para que cualquier lector que tenga la suerte de venir por estos lados no lo deje pasar, que visitar los Balcanes es, sin duda, una experiencia que te marca la vida. O al menos, para mí, así lo fue: si ya desde antes, viniendo de un país sin ejército, las guerras me parecían la cosa más absurda del mundo, después de mi recorrido por dos meses en la zona, debo decir que luego de conocer a la gente que conocí, que es sólo la punta más diminuta y minúscula del iceberg de experiencias personales que se pueden conocer, CUALQUIER argumento, por muy elaborado que sea, que intente justificar un conflicto bélico de cualquier índole, es 100%, TOTAL, ABSOLUTA, COMPLETA E ÍNTEGRAMENTE INSOSTENIBLE. Porque es en los Balcanes donde conozco a gente que es de la más cálida, amable y humana que haya tenido la fortuna de encontrarme y simplemente NO ME CABE en la cabeza cómo personas tan simpáticas, ya sean serbios, albano-kosovares, bosnios, croatas, macedonios, montenegrinos o eslovenos pudieron haberse masacrado unos a otros y aún, hoy por hoy, odiarse. 
Si hay sitios donde uno debe ir a aprender de la vida y de las relaciones humanas, los Balcanes es, indiscutiblemente, uno de ellos. Comprendo que estando en Europa sean mucho más llamativos países como Francia, Italia o España. Es mucho más bonita una foto al lado de la torre Eiffel o del Coliseo que una en las calles de Sarajevo, llenas de huecos de bala, o de Belgrado, que es una de las ciudades más feas que haya visto en mi vida. Incluso, yo misma lo hice así: primero visité todas esas atracciones de postal y dejé estos países "de segunda categoría" para expediciones menos prioritarias. Sin embargo, por muy poco glamorosas que sean estas ciudades, las personas que transitan por sus avenidas heridas son, verdaderamente, biblias sobrevivientes de genocidio. Todos tienen una historia qué contar. Y aunque no siempre querrán decírtela (porque al menos yo no tengo tanto instinto periodístico voraz como para andar acosando a desconocidos con preguntas), mínimo te dejarán una calidez humana tan conmovedora que te hará preguntarte cómo se han podido matar entre ellos. 
No obstante esta introducción a los Balcanes, mi primer contacto con la zona es bastante insípido y fugaz: una visita relámpago a Ljubljana, capital de Eslovenia, cuyo nombre, hoy por hoy, no me he aprendido y de hecho, mientras escribo estas líneas, he tenido que googlear. Vaya, partamos desde allí: Roma, París, Londres... Todos nombres fáciles de escribir y recordar, pero Eslovenia tiene una capital de nombre inmemorial. Ya desde que hace uno la reserva para viajar, tiene dudas de si el destino que escribe es, efectivamente, el correcto, y no existe garantía de que uno no terminará en una dimensión medieval, de cuento de hadas, con un dragón poniendo el anhelado sello de que, por fin, se abandonan los estados Schengen.
De hecho, el casco antiguo de la capital cuenta con un puente custodiado por un cuarteto de dragones, que se yerguen inmortales sobre sus bordes de piedra, mostrando a los transeúntes su dentadura estática.
Yo, junto a uno de los dragones

Garra en detalle

En fin, más allá de cualquier alegoría ficticia, mi paso veloz por Eslovenia obedece a que es un estado Schengen que se atraviesa en mi camino hacia Croacia, y como me parece un crimen pasarle olímpicamente por encima sin ver un carajo, decido detenerme allí al menos un día para ver qué tal.
Sin embargo, la experiencia, por andar con estas prisas, me parece incompleta. Con poco tiempo para encontrar couch, me instalo en un hostal. Según mi estilo de viaje, ya desde que me tengo que quedar en un backpackers, la vara pinta aburrida (aunque he de decir que es uno de los mejores en los que me he quedado).  Aparte, por la premura del reloj, solamente me limito al recorrido básico de la ciudad vespertinamente un sábado, que termina pasado por agua y me arrincona, a las seis de la tarde, en mi habitación. No es un inicio alentador para la zona: odio esos viajes tipo Inter Rail-1-pase-30 países, que consisten en poner una pata en una ciudad, bajarse unas horas y seguir despichado para acumular todos los I was here posibles.
No conozco a nadie y no me sucede nada de interesante, ni siquiera un episodio como el del baño por 50 centavos de euro en Liechstentein. Un paseo de unas pocas horas, cruzando varios de los puentes que dividen a esta, una de las capitales más pequeñas de Europa (300 mil habitantes), un cigarro en la plaza de la República, donde se anunció la independencia de Yugoslavia en 1991, un par de bodas, un desfile de autos antiguos, callejuelas encantadoras y pare de contar. 


La Plaza de la República, donde se anunció la independencia de Yugoslavia


Callejón con gato rosado y gigante

Una boda...

Algunos considerarán un viaje así como exitoso: un hostal bastante decente, una visita al casco antiguo de la ciudad, tomarse algunas fotos trilladas y NEXT! Pero qué va... Yo ocupo una mayor variedad de personajes, incidentes inesperados, aprender a decir "gracias" y "salud" en el país en donde estoy, perderme, enamorarme efímeramente quizás, y dejar un pedacito de mí extraviado en las calles que recorro. No me gusta la premura de beberme un país de un trago, sin catarlo, y aunque sinceramente no es Eslovenia un lugar que en algún momento haya llamado poderosamente mi atención, estoy segura que tiene muchísimo, pero muchísimo más que ofrecer que un casco antiguo de ciudad y una lluvia capaz de competir con las tropicales que me han bañado toda la vida... De modo que, si a eso le sumamos que todo sale bien, sin ningún sobresalto, ya ni se me ocurre qué más escribir sobre Eslovenia...
Así que, para no dar una primera impresión errada de los Balcanes con los pormenores de un país al que solo le conocí la puntita capitalina, dejo una de las entradas menos logradas del blog hasta aquí. Pero se pondrá mejor... Al chile.