Desempleada, solterísima y con los salarios producto de recitar "Thank you for calling Bodog wagering, my name is Andrea, may I have your account number, please?" un promedio de 6048 veces, este es el relato de una mujer de 30 años, quien un buen día decidió iniciar un periodo dadaísta en su vida y subirse a un caballito de madera solo para balancearse un rato sin llegar a ninguna parte, bajo la filosofía de Charlie García: "La vida es disfrutar el paso del tiempo".

jueves, 15 de septiembre de 2011

Exorcizando Berlín Parte I

Berlín. El ejemplo más claro que puedo encontrar, hoy por hoy, de que no es la primera impresión la que cuenta. Mientras que hace 7 años tomé un tren rumbo a Praga aborreciéndola a muerte, con la nariz congestionada por andar llorando junto al Reichstag y entre los bosques de Wannsee, y con sólo dos pinches fotos en mi cámara, esta vez, en el 2011, fue exitosamente exorcizada de todos los fantasmas del pasado para saltar al top 10 de mis ciudades favoritas.
Y es que Berlín es uno de los clusters de pluriculturalidad más grandes y fascinantes que haya conocido. Cosmopolita. Sorprendente.  Con mil y una cosas para hacer. O más bien con un millón y una cosas por hacer. Será sucia, urbanamente monstruosa y con más gente drogada de la cuenta, pero para mí eso vale mierda si uno puede ir a una fiesta en un parque de diversiones abandonado, o a una en la que la electricidad funciona gracias a bicicletas estacionadas que los invitados tienen que pedalear por turnos. O a un concierto de rockabilly, como me toca a mí en mi segunda noche, donde acabo dadaístamente luego de una fiesta de cumpleaños de una adorable pareja conformada por una panameña y un alemán.
Pero no nos adelantemos a los hechos. A Berlín llego dispuesta a quitarme de la cabeza una de las peores sensaciones que conozco: la de "¿y si hubiera hecho esto?". Y es que la vez pasada fue un desastre, de modo que, aunque solo cuento con una trilogía de días en la capital alemana, en mi fuga del área Schengen, estoy dispuesta a disfrutar esta vez hasta el grado de enamorarme de la ciudad y de decir: "Mae, yo quiero vivir aquí". Y es que, aunque ir a Berlín prácticamente se me ocurrió en el último momento, ahora que lo pienso debía ser una tarea casi que imperativa en el viaje dadaísta. 
En fin, luego de mi vuelo desde Helsinki y de una escala en Riga, tomo un bus desde el aeropuerto y arribo a Hermanplatz, donde después de degustar una salchicha y unas papas fritas (que logro ordenar en mi precario alemán), me esperan Ingrid y Oscar, amigos de Costa Rica que se han mudado aquí hace ya casi dos años para estudiar diseño de modas. 
¡Maaaaaae! ¡Qué éxito hablar en tico! Son los primeros que me encuentro desde que salí. Nada mejor para empezar la aventura berlinesa, entonces, que ir a la orilla del río a ver el atardecer con una birra y un purito, mientras un arco iris se dibuja en el cielo con crayolas de lluvia tenue y debilucha, a diferencia de los aguaceros de cielo roto que bañan nuestra patria tan lejana. 
Atardecer en Berlín

Con ellos puedo hablar con todo el pachuquismo que me da la gana, acordarme de Musicales del 13, de Lara Ríos y Pantalones Cortos y comer gallo pinto por primera vez en mucho tiempo. Punto a favor de Berlín. No es un recibimiento típicamente alemán, es cierto, pero de todas maneras esta urbe es tan cosmopolita que bien se permite un poco de español en sus calles, con todos los "mae", "ni picha", y "diay" que se pueden esperar de tres ticos  que se encuentran después de varios años de ni verse. 
Y aunque Ingrid y Oscar viven en un apartamento pequeño al que llaman el camping (dada la improvisación del mobiliario), en un barrio poblado por una cantidad abrumadora de inmigrantes turcos (lo cual por algunos puristas neonazis que andan por ahí ha de ser considerado low class), a mí me parece fascinante. Buena compañía y un colchón para mí bastan, y al día siguiente me dedico a hibernar, actividad a la que tengo que consagrarme al menos una vez por semana, puesto que la vorágine mochilera me obliga a realizar mi fotosíntesis semanal para recuperar energía, aun cuando mis días en el área Schengen estén contados.
La noche, en todo caso, no pienso desperdiciarla durmiendo con la cabeza sobre la Cow (para quienes creían que la Cow viajaba gratis, error: ella se gana los pasajes sirviendo como almohada), así que, de colada, me voy a la fiesta de doble cumpleaños de una pareja de amigos de Ingrid y Oscar. 
Das Leben der Anderen...La vida de los otros... Me parecen una pareja tan hermosa, que no dejo de pensar en lo mucho que me gustaría tener algo así. Los dos altos, ella como una modelo caribeña, y él tan guapo que me hace repetir en la cabeza una y otra vez el mandamiento ese de no desear al hombre de tu prójima... Simpatiquísimos. Un apartamento amplio, de corte minimalista, una cena deliciosa para los invitados, una hamaca colgando en el medio de la sala y fotos de las últimas vacaciones juntos, profesionalmente tomadas... Y todo esto en una de las ciudades más alucinantes del planeta... Bueno, ya me callo, ese es mi problema: la ambición, ya lo sé. Nunca tengo suficiente: cuento con la suerte de estar en Berlín y ya me quiero quedar viviendo ahí, en un súper apartamento, con un novio ario y guapo.
En fin, resulta ser que esta noche se presenta en Berlín un grupo de rockabilly que yo en mi vida he escuchado: Kitty, Daisy & Lewis. Adolescentes de la escena, estos ingleses tocan junto a sus padres y hoy lo harán en una fiesta privada, pero uno de los invitados es amigo de alguien que conoce a alguien que conoce a alguien... No sé cuán amigos han de ser para poder aparecer con al menos 15 maes en la puerta de un momento a otro pero yo, en todo caso, aunque en mi vida he escuchado una canción de ellos, me apunto dadaístamente al evento.
La fiesta privada, en un edificio que parece palacio, resulta ser una experiencia, efectivamente, berlinesa. Mae, es que aquí las subculturas son súper fuertes: si la vara es rockabilly, ES ROCKABILLY. La gente parece salida de revista: las chicas son pin ups vivientes y los maes parecen recortados de los 50's, con sus sombreritos de marinero y tirantes. Están todos tan bien vestidos, tan, pero tan fashion, acorde con la ocasión, que lo que me dan ganas es de tomarles fotos a cada uno... pero bueno, tampoco la polada. Así que con mi mejor poker face attitude, me pongo en fila para entrar. Y tal como lo imaginaba: están cobrando. Acht euro. Mae, y yo que cada vez ando más y más limpia... Y diay, que me queda... La vieja de la entrada no es nada simpática, parece que no es negociable el asunto y la gente con la que vengo, comienza a pagar... Cuando de pronto, es que soy guavera, sale un mae que ha de ser el amigo del amigo del amigo, y nos deja pasar a los que quedamos en la fila gratis. ¡Éxitoooooo!
¿El concierto? Échenle una ojeada a esto, fue más o menos así, solo que a pequeña escala, por supuesto: http://www.youtube.com/watch?v=YVsC6zCT2gs
Yo, quizás por estar medio fumada y con unas birras adentro, me llevo una impresión inmejorable. Sobre todo, me enamoro de la forma de tocar de la mamá, quien es la bajista del grupo. ¡Maaaaae! Qué clase de feeling. Igual, cualquier persona que pueda hacer pizzicato por dos horas consecutivas se merece mi respeto, porque las cuerdas de un bajo son de lo más concho que hay en el mundo de la música. Puedo atestiguar al respecto: en mis épocas contrabajísticas desarrollé callos que incluso me impedían sentir el mismo fuego... ¡Y qué manera de tocar la armónica la de Kitty! Me hace sentir como si fuera en un tren, en el compartimento de carga, fumándome un cigarrillo y yendo hacia ninguna parte, en medio de un desierto fascinante...
Kitty, Daisy & Lewis


Vaya, hasta que llegué a Berlín he descubierto que me gusta el rockabilly... Incluso, podría comenzar a vestirme al estilo de los 50's, maquillada (¡oh, sí, yo maquillada!), con peinados sofisticados y con tatuajes old school, sino fuera por mi resistencia crónica a casarme con ningún estilo. Ha de ser el encanto berlinés de esta noche que me ha hechizado, en todo caso.
A la tarde siguiente (incapaz de madrugar, luego de la noche anterior) y como tiempo no queda, salgo meteóricamente a hacer un recorrido por las atracciones principales de Berlín. Todo lo que quisiera conocer fijo que no me dará tiempo, tendría que mudarme allí (posibilidad que aún estoy barajando, porque quiero aprender alemán bien), pero con la ayuda de Oscar y de un libro que me ha prestado, me elaboro un tour improvisado, enrumbo hacia Alexanderplatz y de ahí comienzo mi recorrido.
Fernsehturm desde abajo

Fernsehturm desde arriba

Primera parada: la Fernsehturm, esa torre en forma de aguja que se ve casi que desde cualquier parte de la capital. Como es de esperarse, hay una avalancha de turistas ávida de tener Berlín a sus pies en 360 grados, de modo que me quedan dos horas mientras espero mi turno para llegar a las alturas alemanas, puesto que yo he agarrado justo el último número. Aprovecho, entonces, para merodear por los alrededores y, de camino, me topo con el Berliner Dom (la catedral) y, sentados en un parque, por esas casualidades de la vida, me encuentro nada más y nada menos que con Marx y Engels, con quienes aprovecho para tomarme una foto.


Marx, Engels und ich

Luego de subir los 368 metros de la Fernsehturm y ubicarme desde las alturas acerca de las dimensiones de la ciudad, tomo el metro y me desplazo hacia el Reichstag. Entre los recuerdos difusos y pasados por lágrimas de la última vez que estuve en Berlín, se me viene a la mente el haber estado sentada en el césped frente al parlamento, pero no haber ingresado. ¿Por qué? Bueno, he debido de estar tan trastornada en esa ocasión que seguro lo dejé pasar por alto, pero esta vez, como el objetivo es exorcizar la ciudad y no quedarme con el angustiante ¿y si hubiera hecho esto?, decididamente me acerco a la puerta para entrar. Y resulta ser que el ingreso sólo se permite con cita, que se debe sacar con tres días de anticipación... Eso explica por qué la vez pasada no entré, jeje. Y espero acordarme cuando regrese y que a la tercera sea la vencida, de modo que son testigos ustedes, lectores de este blog, que debo retornar con el objetivo-pretexto-excusa de por fin ver el bendito parlamento por dentro y hacer la reservación con tres días de anterioridad. He dicho. 
Recordando vagamente que la puerta de Brandemburgo no quedaba lejos, y rechazada por la organización burocrática alemana que permite el ingreso al Reichstag únicamente cada tres días (que ya no me quedan al menos en esta ocasión), enrumbo primero hacia el memorial a los soldados soviéticos (el cual se ve imponente al caer el sol) y posteriormente al Holocaust Denkmal, donde me pierdo entre el bosque de piedras. 
Holocaust Denkmal

He tenido, sin duda, que ir despichada haciéndolo todo, y estoy cansada, de manera que hasta que el sol se oculta, paro mi caminar frenético y me dedico a tomarme fotos y fotos junto a la puerta de Brandemburgo.
Y es que cuán mal pude haber estado la vez anterior, que ni siquiera me molesté en tomar una sola foto en un sitio tan emblemático de Berlín. Y de repente, no sé por qué, decido que ese será uno de los puntos centrales de mi exorcismo y me paso un tiempo indefinido, hasta que la noche me empuja de regreso a casa de Oscar e Ingrid, contemplando la puerta de Brandemburgo, que tanta historia ha presenciado, desde todos los ángulos posibles. Creo que hay una analogía, de hecho, entre la puerta y yo. Destruida durante la Segunda Guerra Mundial y aislada de ambos bandos durante los años del muro... Yo, de forma similar, fui destruida hace ya 7 años y hoy, curiosamente, estoy aislada de los dos bandos masculinos que, a la postre, han contribuido a construir una muralla que no sé si algún día algún hombre pueda derrumbar. Pero ahí estamos, la puerta de Brandemburgo y yo, las dos aún de pie, viendo caer la noche, con los fantasmas de un pasado que queda cada vez más y más atrás, esperando a que de nuevo, salga el sol.  

jueves, 1 de septiembre de 2011

En la tierra del fin


Mae...  ¿Ves que tenía razón? Adonde quiera que voy, me sigue una nube y llueve a cántaros, como si hasta la madre naturaleza quisiera recordarme que, no importa cuán lejos escape, siempre seré una hija del trópico húmedo. 
No sé cuál ciudad está más lejos de Costa Rica: si Maputo o Helsinki, pero en todo caso más hacia el norte no he estado nunca y es que hasta el mismo nombre del país lo dice: Finlandia la tierra del fin. Y cuando llego, después de dos horas de barco, lo que me recibe es el aguacero descomunal que lo patrocina mi nube crónica, la cual me sigue a donde quiera que voy.
Cruzando el mar Báltico en un día frío y lluvioso


Kalevi, mi couchsurfer, un gringo-finlandés, se ha ofrecido amablemente a recogerme en la estación del tren, pero yo he llegado en barco procedente de Estonia y aún me queda descifrar cómo llegar del puerto hasta ahí. La travesía, en realidad, no reviste mayores complicaciones: en Finlandia, a diferencia de otros países de corte más nacionalista, son conscientes de que su idioma no es precisamente popular y tal parece que todos, TODOS, al menos en Helsinki, no importa si desempeñan el trabajo más humilde, hablan inglés con fluidez. De modo que, en una ciudad donde la población es bilingüe y todo parece estar minuciosamente organizado, es poco probable que me pierda, pero con solo ver la manera en que llueve a todo mecate me da una pereza salir a investigar... Ese es el momento de mayor adrenalina cuando viajo: el llegar a una ciudad y comenzar a descifrarla, sin saber a veces ni para dónde voy.
En fin, como quedarme viendo llover definitivamente no me llevará a la estación del tren, a menos que ocurra una inundación que voluptuosa y milagrosamente me arrastre hasta ahí, me envuelvo en plástico y, armada con una sombrilla con cabeza de pato que me encontré por obra y gracia del Espíritu Santo en una iglesia en Salzburgo cuando más la necesitaba, enrumbo a subirme al tranvía de forma clandestina, como ya es tradición, para llegar a donde he quedado de encontrarme con Kalevi.

Ha de ser porque está pasada por agua, pero la verdad Helsinki no me impresiona... y aunque eventualmente la veré soleada la verdad es que no llegará a ser de mis ciudades favoritas. Tenía altas expectativas, que luego de visitar ciudades realmente encantadoras como Tallinn y Riga se quedaron cortísimas, por mucho que sea yo absolutamente fiel a los teléfonos Nokia.


Y es que la verdad esta vara se parece a Cartago guardando las distancias del caso, por supuesto: fría y con un aspecto de qué-aburrido-vámonos-a-dormir-a-las-seis-de-la-tarde. Ha de ser porque todos siguen las reglas. Y eso que yo la visito con Proserpina a punto de regresar al reino de Hades : Kalevi me enseña un video donde se ve la diferencia entre Helsinki en invierno y  verano... Mae, en invierno ha de ser esto la tierra de la depresión, no en vano escogen a estos países escandinavos para hacer estudios sociológicos sobre el suicidio. Ni un poquito de sol. Así que he venido en el tiempo indicado y más me vale no quejarme: tal y como lo vi en Tallinn, la noche en esta época del año no llega más que a un anochecer iluminado por un sol raquitico, que como un niño caprichoso se niega a irse a dormir.
Aunque la noche en que llego toca Yann Tiersen en la ciudad, mi presupuesto me impide ir a verlo. Aparte, he perdido la oportunidad del descuento: si compraba la entrada un día antes me ahorraba nada más y nada menos que la generosa cantidad de 50 centavos de euro... De acuerdo con Kalevi, esto es típicamente finés. Ahora me arrepiento: perdí la oportunidad de ver a Yann Tiersen en vivo bajo el pretexto del dinero, que en realidad, como siempre lo he sostenido, va y viene... Me consuelo con la idea de que quizás no quería escuchar el soundtrack de Amelie y recordarte... Si es que recordarte es algo que pueda dejar de hacer algún día en mi vida.
Bar underground en Helsinki

Mi primera noche la invierto entonces con Kalevi en un par de bares underground de la ciudad. Un doble de Elijah Wood, pronto nos hacemos amigos y, como por enésima vez, pienso en nominar al creador del couchsurfing como premio Nobel: gracias a esta fabulosa red encuentro al compañero de viaje que había anhelado en la solitaria Tallinn. Y es que Kalevi piensa hacer un viaje por los Balcanes también en un par de semanas y, para mi suerte, lo haremos juntos en una serie de aventuras que se narrarán cuando sea el momento.
Por lo pronto, al día siguiente yo enrumbo en compañía de la Cow hacia la isla de Suomenlinna, una fortaleza donde la arquitectura cartaga se hace ligeramente más patente en algunas de las casas y cafés que la pueblan. 
¿A poco no se ve medio cartago el chante?

Claro, de vez en cuando la presencia de murallas, cañones de época, algún submarino de la Segunda Guerra Mundial y playas donde me parece inconcebible que alguien se atreva a darse un baño con este frío, me recuerdan lo lejos que estoy de la vieja capital.
La Cow, en la isla de Suomenlinna, a punto de ser disparada en nombre de Finlandia

Aunque me lo paso bastante bien recorriendo Helsinki sola, disfruto mucho más cuando llega Andrew, un gringo de Detroit, quien lleva ya cinco meses mochileando y que será un couchsurfer más en el apartamento ubicado en los "barrios bajos" de la ciudad donde vive Kalevi. 
El edificio donde vive Kalevi, en un "barrio bajo" de Helsinki...Yo resulté sospechosa por tomar esta foto. Cualquier semejanza con Los Cuadros es mera coincidencia... 

Lo que definitivamente NUNCA olvidaré de Andrew es que llega con una mochila súper pequeña, una especie de equipaje de mano tipo Ryanair, y allí carga con las cosas menos prácticas, objetos que a mí EN LA VIDA se me ocurriría a mí echar en mi equipaje, como un guante de jugar pool o unos parlantes... Es como Mary Poppins... Jamás he visto viajar a alguien con una mochila tan minúscula y sacar objetos tan poco usuales de ella.
En fin, conformando un trío dinámico, al día siguiente nos vamos juntos con Kalevi a recorrer el cementerio capitalino, las instalaciones olímpicas de 1952 y el monumento a Sibelius, un órgano de 24 toneladas donde es posible encontrar a docenas de turistas tomándose las fotos trilladas haciendo la V cliché con los dedos.
Andrew y yo en el monumento a Sibelius, haciendo la pose turístico-japonesa

 Más tarde, asistiremos, de rebote, a una reunión de negocios de Kalevi, quien cuenta con un pub crawl en Helsinki y patenta abrir, junto con su socio Oliver, un inglés gigante, barbudo y simpático, un hostal en los próximos meses. Para ello, entrevistan a Sylvia, una inglesa de dieciocho años bien maquillados, en un bar australiano del centro. La reunión, como todas aquellas de empresarios veinteañeros, no podría transcurrir de otro modo que no sea con cervezas y juegos de pool, los cuales terminan siendo terriblemente caros para todo lo que hay que discutir y decidimos continuarla con una improvisada carne asada, escuchando Manu Chau y aprovechando el sol de medianoche finlandés.
Mañana debo tomar un avión hacia Berlín temprano en la mañana, de modo que, como a las once de esta noche que nunca llega a ser noche, e incapaz de seguirlos en la borrachera épica dentro de la cual se sumergen cada vez más y más mis compañeros, me retiro a cazar algunas horas de sueño desde la cómoda cama de Kalevi.
Berlín... Hace siete años que estuve en Berlín, y todo lo que recuerdo son una serie de retazos borrosos por todas las lágrimas que se me quedaron perdidas y que, juntas, posiblemente podrían inundar sin problemas la Alexanderplatz. Y como si mi subconsciente se preparara para ello, comienzo a tener pesadillas inspiradas en esa última vez, cuando me parecía casi imposible que ese horrible episodio de mi vida terminase sin ningún muerto...
¡Pufffff...! Me despierto de golpe y decido ir al baño. Helsinki. Aún estoy en Helsinki y no tengo que exorcizar fantasmas del pasado. Abro la puerta del cuarto de Kalevi y...
¡Sorpresa-sorpresa! Andrew está desnudo bailando con luces de colores (otro de esos artefactos extraños que NO ENTIENDO cómo le caben en su micro mochila a lo Mary Poppins). Kalevi y Sylvia prácticamente están teniendo sexo en el sofá. Y Oliver yace en el suelo del baño, completa y etílicamente inconsciente, desnudo, y con el cuerpo cubierto de grafitis... ¡Maaaaae! WTF??? Creo que ya no estoy tan joven para estos trotes y, como la más abuela, me devuelvo a la cama y sigo durmiendo.
Diay, lamento decepcionarlos si creían que yo le entraba a todo....De todas maneras, tener sexo grupal en una ciudad donde no se oculta el sol no parece ser una experiencia que quiera añadir a mi álbum dadaísta... 



miércoles, 31 de agosto de 2011

El eterno resplandor de una mente sin recuerdo

"Andrea Aguilar-Calderón anhela el eterno resplandor de una mente sin recuerdo" . Esa soy yo, hace un año exactamente, apunto de comenzar septiembre. Bendita aplicación nueva del Facebook, que te recuerda qué pensabas hace un año. ¡No me había percatado hasta ahora de que todos los septiembres me los paso tratando de olvidar a alguien!
Septiembre del 2008: yo, a punto de mudarme a los Estados Unidos, intentando olvidar a Simmel.
Septiembre del 2009: yo, en Mozambique, intentando olvidar a Thiago.
Septiembre del 2010: yo, en Costa Rica, intentando olvidar a Thiago (¡va de nuevo!).
Septiembre del 2011: yo, en Italia, intentando olvidarte a vos...
¿ES UN PATRÓN DE MIERDA O QUÉ???
Si la bendita clínica esta Lacuna existiera, seguro que ya tendría una tarjeta de cliente frecuente y ya a estas alturas dirían: "Señorita Aguilar-Calderón, ¿usted por aquí de nuevo? A ver, déjeme chequear su carnet... claro, está vez ya le toca gratis,  la quinta vez es cortesía de la casa". Vaya, de ser así parece que en el 2012 me ahorraré algún dinero... Éxito.
 ¿Por qué me paso todos los septiembres olvidando a alguien que amo? ¿Qué estoy haciendo en mi vida para que esto se repita año tras año, solo que en diferentes escenarios? ¡Dios, qué triste y patética soy!
Y hoy me he vuelto a ver la película: El eterno resplandor de una mente sin recuerdo. Curiosamente, hay partes que no recuerdo; de hecho, hay muchísimas partes que no recordaba, ni siquiera el final. Capaz que al chile me he ido a la clínica sin saberlo, todos los años, y por eso no me acuerdo de qué se trataba la peli y verla de nuevo se transforma en verla por primera vez. Capaz que un día al chile me despierto por la mañana y miro este quinteto de estrellas en mi brazo y no sé lo qué significan ya. 
¿Por qué los he tenido que olvidar a todos ustedes, malparidos? ¿Y por qué me ha costado TANTO trabajo hacerlo? 
Claro, porque la verdad yo no tengo los huevos para borrarlos nunca de mí. Los conservo ahí, en mi baúl, bajo llave, y ahí están sus recuerdos almacenados, porque siempre los voy a amar de una u otra forma, aunque al menos con un par de ustedes, si me los encuentro en la calle, finja demencia, así como Clementine no conoce a Joel cuando él la llega a buscar a la librería. Porque me he esmerado en olvidar lo malo que pasó entre nosotros, para que ya no duela, pero lo bueno... Lo bueno sigue ahí, y nunca quisiera deshacerme de esos recuerdos porque entonces... entonces sería como tener Alzheimer, que a mí me parece la enfermedad más triste del mundo.
Y bueno, ahí tengo ese troll de Marilyn Monroe que me regalaste cuando cumplí quince años. ¿Un troll de Marilyn Monroe? WTF????? ¿Qué utilidad tiene eso? Si ni siquiera es bonito y para terminarla de amolar, el día de mi cumpleaños se te olvidó en la casa y luego se lo diste al novio de mi amiga para que ella me lo diera a mí. Y era tan feo el bendito troll, que ella lo dejó en el balcón esa noche, porque le dio miedo dormir con ese muñeco demente de plástico en su cuarto. ¿Qué te pasó en la cabeza para regalarme un troll de Marilyn Monroe? Pero lo conservo, porque fue el mejor cumpleaños de mi vida. Yo venía súper ahuevada porque me había quedado ese año en matemáticas y tenía que ir a curso de verano todos los días, y mientras todas las chicas de mi clase tenían la súper fiesta de quinceaños o el súper viaje, ya sabía yo que eso no pasaría conmigo... Y de repente, después de un cumpleaños de los más patéticos de mi existencia, llego a casa en la noche y abro la puerta, y saltás vos disfrazado de regalo... Una fiesta sorpresa. La mejor fiesta de mi vida. Así que ahí está el bendito troll, para siempre, en el baúl. Y conservo muchas más cosas de vos, en una caja de zapatos. La candela que te quedó horrible en la clase de Educación para el Hogar. Y el macramé, que tampoco te quedó bien, si cuelgo una planta seguro que se cae en dos segundos. Y papelitos que tirabas en la soda y luego yo los recogía. Y LO PEOR: tengo el chicle que me pasaste cuando nos dimos el primer beso, jugando botellita, en 1995. Sí, lo admito: ¡tengo un chile de 16 años guardado en mi casa!
El famoso troll de Marilyn Monroe

Y vos... Vos también tenés tu caja de zapatos. Todos esos papelitos que nos pasábamos en clase y en los cuales te dije que me gustabas. Va, lo dije yo primero, ¿te acordás? Luego de ese primer beso, que yo sentía como si hubiese sido un incesto, porque eras mi mejor amigo, como mi hermano, al final me puse a pensar si de veras me gustabas y sí. Así que ahí lo tengo, tengo la prueba escrita: fui yo quien me declaré. ¿Y sabés que conservo aún? La camisa de las primeras ocasiones, esa de cuadros que te ponías siempre que algo importante pasaba. Casual, normalucha más bien, pero te daba un aire un poco grunge en cierta forma. Claro, eran los 90´s y yo era tu mala influencia: fui yo quien te enseñó a fumar y quien te enseñó a coger. Bueno, esto último lo aprendimos juntos, yo tampoco sabía, lo admito. Y conservo la candela que encendimos juntos cuando llegó el 2000. ¿Te acordás? Le dije a mi familia que lo pasaría con la tuya y vos le dijiste a la tuya que lo pasarías con la mía, y así nos quedamos juntos, los dos solos en tu casa. E hicimos el amor a la luz de una candela blanca. Yo en ese tiempo aún creía que el amor se hacía así, porque vos eras el único que había pasado por mi cama y yo era todavía tan inocente que confundía el sexo con amor... . Y luego salimos a la calle, desde donde se veía San José y encendimos de nuevo la vela. Y no miramos el reloj, ni contamos "5, 4, 3, 2, 1" con el resto del mundo para recibir el nuevo milenio. Nos esperamos a que el cielo se llenara de colores con los fuegos artificiales y ahí nos dimos entonces cuenta de que ya habíamos cambiado de siglo y brindamos con vino barato y nos dimos un beso. Fue mi primer beso de este siglo. Y por mucho tiempo, el mejor año nuevo de mi vida.
Noviembre de 1999. Nosotros en la universidad, con los compas de Generales, un mes antes de año nuevo


Y de vos... De vos tengo poco, aunque posiblemente fuiste quien me regaló más cosas de todos. La relación más larga... Olvidarte ha sido lo más difícil que he tenido que hacer en mi vida. Y por eso con vos hice algo inaudito: un día, luego de discutir por chat, salí llorando de la oficina y, con mi impulsividad tan típica, abri el baúl y saqué todo, TODO, lo que me habías dado. Y luego fui, entré a tu casa como un huracán de odio y te lancé los recuerdos de seis años en la cara, hechos pedacitos. La foto que me hiciste en el lago de Atitlán, en el primero de nuestros muchos viajes juntos, cuando cogimos por primera vez en el baño de ese bar de Antigua Guatemala. La hamaca en miniatura que me diste porque no tenía espacio para colgar una de verdad en mi cuarto. El tucán de madera balsa, porque no quería recordar más que hubo alguien que alguna vez me dijo "Tucán" para fastidiarme con mi nariz y "Pajarito" para contentarme. Los juegos de Nintendo. ¿Te acordás cuando compramos el Gamecube esa Navidad? Mae, ni fuimos a Zapote ese año, ni a la playa, ni nada por estar los dos enviciados jugando Zelda en el cuarto hasta que saliera el sol. ¡Qué felices que fuimos ese diciembre...! Y aun así, todo te lo lancé en la cara. Ahora me arrepiento como no tenés idea... Y solo conservo un par de cosas que no me di cuenta de que seguían ahí cuando tuve ese derroche de ira: el florero que me regalaste cuando volviste de uno de los viajes de Nicaragua y la coneja de peluche que me diste cuando redecoré mi cuarto la última vez. El florero se quebró con el terremoto de Cinchona, pero está reparado; la goma casi ni se nota. Y nunca más ha tenido flores. Porque las últimas flores que recibí de un hombre en Costa Rica fueron las tuyas justo el día antes de marcharme a Estados Unidos, cuando llegaste con un ramo de flores amarillas y con lágrimas en los ojos, cuando ya tenía yo todo a medio empacar para irme para siempre lejos de vos. Pero era tarde ya. Fue la última vez que nos abrazamos. La última vez que nos besamos. Y luego yo me fui y las flores se quedaron en mi casa, hasta que se marchitaron, porque no me dejaban subirme con ellas en el avión. Y yo me quedé con el amor marchito, esperando hasta el último segundo que aparecieras en la sala de abordaje del aeropuerto y me detuvieras, como pasa en las películas con finales felices. Pero nunca me detuviste...
La foto que me tomaste en Atitlán, en nuestro primer viaje juntos...


Y de vos tengo esa ardilla ridícula que te encontraste en la bodega del edificio en que vivíamos. Vaya, bonito primer regalo: algo que te encontrás por ahí tirado en una bodega. Pero a mí me encantó: combinaba bien con Gordon, el hipopótamo de madera que yo había adoptado como mascota no más recién llegué a Michigan. Y también conservo la caja de música en forma de tranvía que toca I left my heart in San Francisco. ¡Qué días más felices tuvimos en San Francisco! La gente hasta nos preguntaba si estábamos de luna de miel... ¿Te acordás cuando te paró la policía porque para variar ibas manejando rápidisimo y mientras hablabas con el oficial, a mí me agarró esa risa histérica porque justo a la par de nosotros había, absurdamente, un perro manejando? 
O cachorro dirigendo...

¿Y cuando fuimos a ese bosque donde había árboles petrificados y nos metimos en la tienda de regalos, y vos te robaste un pedazo de tronco y yo una postal, y nos cagamos de risa porque confesamos a la vez cuando nos subimos al carro que nos habíamos chuleado algo cuando la empleada hablaba por teléfono? Bueno, es que vos y yo éramos medio lacras, también nos colamos al Jardín Japonés sin pagar y nos robábamos cosas del Wal Mart como si fuera una postura política trascendental, cuando en realidad lo que pasaba es que éramos súper pobres y vivíamos en un cuarto de tres metros cuadrados en un pueblo perdido de Michigan... Y luego, en San Francisco, hicimos ese collage para Ben estando súper pijiados y nos reímos porque los dos queríamos pegar un elefante de espaldas... Nos pareció esa noche una obra maestra...y a la mañana siguiente ni recordábamos por qué. Y conservo lo más triste de todo: tu collar, ese que usabas siempre y que me diste, cuando nos separamos, esa noche en que me fuiste a dejar al aeropuerto de Chicago. La condición era que te lo devolviera cuando nos juntásemos de nuevo... Y yo aún confío en que algún día podás perdonarme toda las mierdas que te hice y que al menos lleguemos a ser amigos de nuevo, y devolvértelo... Yo ya te perdoné. Te amaba lo suficiente como para perdonarte.
Yo, mirándote y amándote desde el carro, mientras tomabas una foto del Golden Gate...


Y de vos... De vos conservo tus cartas, todas y cada una de ellas. El espantapájaros que me compraste en El Rastro, ese verano lejano en Madrid. Se le ha caído una pata desde siempre, pero nunca la pierde, como si quisiera conservar la posibilidad de poder correr de nuevo hacia vos. Y la rosa seca que me enviaste a Holanda en aquella carta, esa última vez que supe de vos, la última vez en siete años porque nunca fui capaz de respondértela y te dejé ir... Y el cordón de tu bota. Me lo diste esa mañana, en la playa, luego de que me dieras el mejor beso hasta la fecha que alguien me haya dado. Qué noche... El cielo estaba estrellado, y había luna. Y me acababas de decir que yo era la que te gustaba, justo al final.  Siempre, siempre te esperás al final... Y pasó una estrella fugaz y me dijiste que pidiera un deseo... Y yo pedí volverte a ver de nuevo. Y se cumplió... Se cumplió 6 años después y mirá que estrella fugaz más cumplida, que incluso te volví a ver 7 años después una vez más. A la mañana siguiente, me pediste un mechón de mi cabello y yo dejé que lo cortaras de una de mis dos colas; qué niña que era que así me peinaba en ese entonces... Y me diste el cordón de una de tus botas. Luego caminamos juntos y yo me subí en el bus y cuando me asomé por la ventana vi que llorabas... Yo nunca había visto a un hombre llorar por mí antes. E igual pasó 7 años después en Madrid, cuando me subí al tren. De esa vez conservo  el CD con el soundtrack de Amelie, que me recuerda cuando aún eras capaz de decirme "te amo". Con ese CD escribí mi primera novela, ¿sabés? Porque cuando lo escuchaba podía acordarme lo que era amar a alguien con locura, con todas las ganas, sin miedos...  Y ocupaba recordar cómo se sentía todo eso cuando la escribí. Y claro, conservo la piedra, que me recuerda todos los días que siete años no pasaron en vano y que he llegado tarde, cuando ya no podés amarme más.
Y es por todo eso, cabrones infelices, que aunque la famosa clínica Lacuna existiera y yo pudiera disfrutar del eterno resplandor de una mente sin recuerdo, no iría. Porque a pesar de que todos ustedes, sin excepción, me han hecho llorar, al mismo tiempo, todos y cada uno de ustedes me han hecho, en algún momento, la mujer más feliz sobre la faz de esta tierra. Y no importa entonces que me hayan hecho canalladas: no los voy a olvidar jamás y los amaré siempre, de alguna u otra forma,  y ahí los llevo, tatuados en mi brazo izquierdo, el del lado del corazón, porque ahí van a estar hasta el último día de mi vida, aunque me tenga que pasar el resto de los septiembres que me quedan por delante olvidándolos por turnos... Porque aunque Alexander Pope haya dicho en su poema Eternal Sunshine of the Spotless Mind: "Qué feliz es la virgen sin tacha. Olvidarse del mundo, por el mundo olvidada. ¡Eterno resplandor de la mente inmaculada! Cada oración aceptada, cada deseo cumplido" yo prefiero el eterno resplandor de la sonrisa que los hombres que he amado me siguen dando cuando los recuerdo... porque aunque fuera por un breve instante en el tiempo, como una estrella fugaz, ellos fueron mi oración aceptada y mi deseo cumplido.
El día en que decidí tatuarme y no tener jamás el eterno resplandor de una mente sin recuerdo...

jueves, 25 de agosto de 2011

Un dulce y solitario reino llamado Tallinn

Tallinn... El nombre casi suena como de cuento: "Érase una vez un reino muy, muy lejano, llamado Tallinn...Un reino donde no se ocultaba el sol". En mi primera noche en Estonia,  después de cuestionarme por qué nunca se apaga la luz  donde duermo, me percato que es porque no llega a anochecer del todo en un verano cada vez más próximo a estas latitudes que respiran el aire helado del polo norte. Realmente es un reino muy, muy lejano...
Un reino tan lejano como sólo puede serlo uno donde se escriben finales felices. Porque en este, en el mío, no existen esos finales de cuento de hadas. Me agarran los lectores de este blog en un día ciertamente malo, en el que sufro psíndrome premenstrual y complejo de Cenicienta. Si algún día llego a tener hijas no les voy a leer cuentos de hadas, ni voy a dejarlas ver películas de Disney: tantos finales felices que en la vida real NO existen. Puffff... No: mis hijas van a leer El Principito y van a ver películas de Woody Allen. Así, no van a sentir la cachetada de la decepción. 
Y es que heme aquí, en la que una vez fue para mí la romántica Italia siete años atrás, ahora limpiando pisos todo el día, mientras en las noches salgo con prospectos que ni siquiera llegan a retazos de príncipe: de todos no se hace uno. No hay pajaritos que canten amistosos y me ayuden a doblar las sábanas de las quince camas en promedio que tengo que hacer por día: solo una peste de palomas que se cagan en todo, LITERALMENTE. No hay hada madrina que me haga un vestido de fantasía de mi ropa que apesta a sudor con este calor asqueroso de verano, si no que de hecho hoy descubrí que se acabó el detergente porque aquí, en Italia, son tan vagos (e inexplicable e injustamente prósperos) que cierran todos los negocios por dos semanas y se van de vacaciones: ergo, la lavandería está cerrada y he pasado dos días lavando sábanas, toallas y fundas non stop. Sí, gente: me agarran en un mal día...
Y es que así me siento ahora y así me sentí en Tallinn tres meses atrás: injusta y terriblemente sola.  Y es que de verdad Tallinn es una ciudad como de cuento. Entrando de lleno en el top 10 de lugares favoritos durante este viaje dadaísta, cuenta con murallas medievales que envuelven el casco antiguo, torres desde las que perfectamente me puedo imaginar a cualquier princesa esperando a que la rescaten, y una catedral ortodoxa que escapa al efecto impala porque es, realmente, impresionante. Conscientes de su apariencia del siglo XIII, los restaurantes están ambientados como si fuesen tabernas de alguna aldea del medioevo, y a los pobres meseros, por supuesto, los obligan a usar ropa de época, lo cual en verano debe ser, ciertamente, una tortura. Por supuesto, no pueden faltar los arqueros que cobran a los turistas por acertar a un blanco que, a estas alturas del milenio, resulta más hipotético que darle al ojo de un ciervo en movimiento al mejor estilo Robin Hood.
El medioevo en el siglo XXI

Tallinn es, ciertamente, hermosa... Tan hermosa que quisiera compartirla con alguien...  Happiness is just real when you share it with someone. Eso lo escribió Chris McCandless, el loco sociópata que se metió meses en un bus abandonado en Alaska para escapar del mundo moderno y que, al final, se murió de hambre dejando tras de sí material para una epopeya jack-londiana que se narra en Into the Wild, libro que estoy leyendo ahora. Un mae que desapareció por casi 2 años sin comunicarse con su familia y a esa conclusión llegó a la postre... Y es que yo siempre lo he sabido y, contrario a lo que muchos se imaginan, no me gusta viajar sola. De hecho, lo odio la mayor parte del tiempo, pero lo hago porque no me queda de otra: ninguno de mis conocidos se atreve a dejarlo todo tirado y lanzarse a mochilear sin rumbo. Y en días como este, cuando me encuentro en Tallinn, muero por decirle a alguien: "Hey, estamos en una ciudad que parece de cuento. ¿Por qué no jugamos un rato a que estamos es uno?" Y no tiene por qué ser con un principito con quien juegue... Tan solo un amigo... Podemos jugar a ser duendes y hacerle bromas a la gente que pasa, no tiene que ser que yo me ponga en la torre de un castillo a jugar de princesa y esperar a que me venga a rescatar alguien, y lanzarle una trenza de cabello para que suba por la muralla... ¡qué aburrido! ¿Ese sería mi papel estelar en un cuento de hadas? ¿Nada más valerme de un cabello sin fin como única arma capilar para escribir un final feliz? Puffff... Qué vara tan sin gracia... Si alguien viniera a rescatarme que me pase una espada mejor, y me lanzo a matar al dragón con él, que para eso soy yo de los barrios del sur.
Una pareja se toma una foto con la muralla de fondo... Yo me espero y con el gorillapad me tomo una a  mí misma... Maaaae... Qué triste.
Mi soledad y yo

Luego de merodear por las calles, decido irme a la plaza y sentarme un rato... Había quedado de encontrarme con un couchsurfer, un chico español que hace voluntariado en Estonia y quien se había ofrecido a llevarme por un café. Al final no ha podido y, en vista de mi soledad crónica, decido erróneamente ir al punto de la ciudad más transitado pues ocupo sentirme, de alguna forma, acompañada por alguien más que no sea la Cow. Pero el intento es infructuoso: es increíble cómo se puede estar rodeada de gente y a la vez sentirse taaaan sola. Esta plaza está atestada de turistas y de locales, pero igual, es como si no hubiera nadie más. Me siento taaaan sola...
Y de repente: alguien viene y me abraza. Son un par de chicas, con uno de esos carteles de Free Hugs. Me han alegrado el día: cuando más ocupaba uno, ellas han venido ¡y me lo han dado gratis! Definitivamente, esta idea de los abrazos gratuitos es un éxito, nos hemos convertido en sociedades cada vez más pobladas, pero no por ello menos solitarias. Tendría yo que seguir dando abrazos gratis después de Varsovia, sería también ser un poco duende y no ocupo a nadie más para jugar. Sí, quizás deba hacer eso en este momento de 100 horas de soledad: hacerme yo también un cartel y comenzar a abrazar a desconocidos que lo necesitan tanto como yo.
La plaza de la ciudad en Tallinn, con el consabido grupo de turistas japoneses...

Y cuando comienzo a sentirme generosa, amistosa y pacífica, en armonía con el mundo, con un espíritu Amelie a flor de piel que puede erupcionar en cualquier momento y comenzar a estrechar en mis brazos a una humanidad huérfana de amor, como no podía faltar en mi mundo Woody Allen, después de las dulces chicas con el cartel de Free Hugs, viene alguien a cagarse en todo... ¡Por supuesto! ¡No sería mi vida sin estos sarcasmos del destino!
Como a los cinco minutos, viene un mae a intentar ligarme con la típica excusa de si tengo un cigarrillo que me sobre... Pufffff... No es por ser carepicha, pero es que no me gusta nada: aparte de feo como tres días de hambre, no me inspira confianza, anda con un trío de amigos que la verdad me dan pésima vibra, me parece que ha de andar medio drogado incluso y para terminarla de amolar, huele mal... Le contesto monosilábicamente para demostrar desinterés y tal parece que por fin logro que se regrese con su tripleta de compas... Solo para decirles a ellos que se queda conmigo y que pueden irse de vuelta al cubil del infierno de donde se han debido escapar esta tarde. ¡PLOP!  "So, what do you want to see here in Tallinn?" me dice como si yo hubiera accedido a que fuese mi guía turístico personal. A ver, a ver muchacho: ¿en qué momento le dije yo "sí, andá a decirle a tus tres simios voladores que se larguen de vuelta al inframundo porque quiero quedarme a solas con vos para que me llevés a terminar de arruinarme el día?". Sí, había deseado toda la tarde estar con alguien para recorrer la ciudad, pero ¿con este mae???? Y aprendo entonces,una vez más, la valiosa lección de más vale sola que mal acompañada. "I want to see many things, but by myself", le digo en una recuperación de mi independencia y me marcho, procurando irme por otra calle todo lo deprisa posible porque el tipo, como si no entendiera cómo carajos he podido rechazar tan maravillosa oferta, me sigue para colmos. ¡Puffff! Qué suerte la mía...
Finalmente, después de tomar un par de fotos y sentarme a mirar cómo los turistas fallan en actividades tan sencillas como el tiro con arco y con ballesta, decido regresarme. De feria he escogido sentarme en un parque donde hay esculturas de parejas abrazándose... ¿Qué carajos le pasa al universo hoy, que conspira contra mí???
Las esculturas del parque... ¡PLOP Y REPLOP!

Sí, definitivamente es momento de abandonar esta ciudad hermosa, pero solitaria, y regresarme. Mi castillo temporal en esta capital de cuento de hadas es la sala de una pareja súper joven, donde la Cow encuentra varias homólogas estonias: a la chica le gusta coleccionar vacas, de modo que aquí mi bovina compañera de viaje vive realmente la experiencia del couchsurfing de forma integral. Al menos una de las dos ha encontrado conexión con alguien en este, para mí, solitario reino báltico...
La Cow haciendo couchsurfing con congéneres estonias

Por mi parte yo, dadaístamente, comparto la habitación con una chinchilla estonia, de actividades nocturnas, suave, veloz y roedora, pues al menor descuido le zampa un mordisco modesto pero contundente a mi Pascualina. Suerte que yo, con mis capacidades de bella durmiente contemporánea, no me despierto con su corretear desvelado ni me importa su impertinencia roedora. Y es que los animales me caen mejor que las personas... Si fuera un roommate humano el que hiciese tanto ruido, después de un día como hoy, lo lanzaría por la ventana para que se fuera de cabeza al foso o se lo comiera el dragón que duerme afuera. ¡Estoy antisocial a morir aquí! Quizás mañana amanezca de mejor humor, cuando sea momento de cruzar el mar Báltico en barco rumbo a Finlandia,  de donde tomaré un avión hacia Berlín para buscar la salida de los estados Schenguen antes de que me deporten... Quizás podría pasar de nuevo por Innsbruck, donde está Johannes y sus ojos de niño y sus manos grandotas y su cama con vista a los Alpes... Necesito que alguien me abrace...
Qué reino tan lejano y hermoso es Tallinn... Y qué solitario para una principita que está tatuada mirando el vacío de donde debería estar un principito que no se encuentra, definitivamente, en este asteroide...

domingo, 14 de agosto de 2011

Yo soy puta, pero no marché

Yo soy puta y no lo sabía. Soy puta porque en aras de estar imitando al varón me metí a estudiar a la universidad y nunca aprendí a cocinar. Qué puta: educarme me pareció más importante que alimentarme. Soy puta porque hoy salí con un short cortito y no me vestí con recato. Qué puta: sentirme fresca en un día de calor me pareció más importante que la decencia. Soy puta porque me he ido a la cama con varios (y probablemente lo haga esta noche también) y no usé mis dones sexuales exclusivamente para la reproducción. Qué puta: me pareció más importante tener un orgasmo y amar a quien yo quisiera hoy que esperarme al día de mi matrimonio.
Yo soy puta y no lo sabía. Pero igual, siendo así de puta, puta-puta y reputa, hoy no me dio la gana ir a la marcha... Y es que yo, así de puta, hubiera marchado contra las tiendas que venden solo ropa con tallas menores a ocho, por todas las veces que fui a comprar un jeans y me hicieron sentir gorda al no caber en sus raquíticos moldes de la mujer perfecta: ellos son los que me arruinaron el sabor del tres leches que me quise comer después. Yo hubiera marchado contra todos esos hijos de su madre que me dicen "rica, mamacita, venga que la chupo toda" si salgo con un short cuando hace calor: ellos son los que me obligan a vestirme con recato porque no quiero que me nalgueen ni que me expriman una teta. Igual, también hubiera marchado contra todas esas ordas masculinas vegetando en una esquina, que me hacen cruzar la calle cuando no lo necesito para escapar de sus abusos verbales-sexuales: ellos hacen que mi camino sea innecesariamente más largo. También hubiera marchado contra todos los jefes que les pagan más a los hombres que a las mujeres aunque desempeñen el mismo puesto de trabajo: ellos son los que me hacen sentir menospreciada y que me provocan envidia de pene, al mejor estilo freudiano. Yo hubiera marchado contra todos los que dicen que si a los 30 no me he casado, es porque ya me dejó el tren: son ellos quienes me hacen sentir que solo valgo como mujer si tengo a un par de pantalones a mi lado. Yo hubiera marchado contra todos los hombres que me rompieron el corazón porque solo querían llevarme a la cama y no amarme, y que sienten que es más importante la cantidad de mujeres que la calidad de la mujer.
Porque yo a la iglesia, si es que voy, voy solo el domingo y son todos ellos, miembros orgullosos del estado laico, los que me hacen la vida miserable de lunes a lunes.
El evangelio según el nuevo milenio. Sí, estamos de acuerdo: una barbaridad que a las mujeres nos llamen a “vestir con recato”, que nos condenen por “imitar a los varones” y que nos limiten al ámbito familiar-doméstico como mayor meta en la vida. Sí, no deja de ser colonial ver a cuatro mujeres que deciden mantenerse vírgenes y ser esposas de Cristo en pleno siglo XXI, en una ceremonia donde el blanco sigue siendo el color de una perfección que se resume en contar con un himen intacto, íntegro e inmaculado. Sí, estamos de acuerdo: la iglesia cuenta con una influencia desproporcionada en un país que incluso la menciona desde el génesis de su Constitución Política, como si Costa Rica se tratara de un estado asociado al Vaticano. Y sí: yo no soy católica, quedé vacunada después de seis años en una escuela de monjas, donde me obligaban a llevar la enagua por debajo de la rodilla, lo cual me complicaba jugar elástico, brincar suiza y subirme a los árboles a bajar mangos.
Pero, al mismo tiempo, me parece que quienes nos hacen la vida de cuadritos a las mujeres, hoy por hoy, no son los curas.
Los evangelios que nos rigen hoy son distintos, no se encuentran en la Biblia. Se encuentran en la televisión, donde las mujeres claro que van a clases, porque tienen derecho a educarse, pero usando una faldita a cuadros y dos colitas al mejor estilo RBD. O, mejor aun: se encuentran en cualquier colegio del país, donde se puede ver a docenas de niñas usando esos pantalones tan ajustados que parece que se los untan cada mañana antes de salir, listas para jugar, desde la tierna edad de trece años, a ser “ricas” porque ese es el objetivo primordial de cualquier mujer en la vida. No es la enorme y abrumadora mayoría la que presta atención al sermón del padre desde el púlpito, pero sí lo es la que mira fijamente a las chicas Pilsen bailar desde la barra y que convierte a cualquier hija de vecina de brassier inflado en “modelo”. No es el infierno lo que espanta al vulgo, si no el rechazo social, el ser la gorda, la solterona, la güeisa que no ha tenido sexo en un mes.
La inquisición, hoy en día, no reside en tribunales eclesiásticos si no que anida en las pancartas publicitarias, en las oficinas de puestos desequilibrados, en los chistes de doble sentido, en las barras de los bares, en la taza del interior que abraza la bulímica en un último y ahogado grito por ser perfecta.
Orinando fuera del tarro. Es tan fácil jugar a ser de vanguardia y ponerse a despotricar frente a la catedral... Atacar lo obvio, lo evidente. Rasgarse las vestiduras por unas palabras. Darle los hachazos finales a una institución que está entrando en desuso como la iglesia católica. Se asemeja cada vez más a un tronco podrido, que con cualquier brisa caerá por su propio peso.
Pero qué tan difícil resulta ponerse a despotricar frente al chinamo en Palmares donde las rumberitas lanzan camisetas al público (qué amargado resultaría aguarles la fiesta a todos). Qué tan difícil resulta para los hombres escoger a la gorda de entre todas las mujeres del bar (diay mae, qué me queda, al menos tiene las tetas grandes). Qué tan difícil es para muchos creer que una mujer puede ser una excelente ingeniera en sistemas, una excelente mecánica, o incluso, una excelente chofer (mejor que estudiemos psicología, preescolar o periodismo). Son pocos y pocas (por aquello de la igualdad de género, que se preocupa incluso por pequeñeces idiomáticas) quienes están dispuestos a salir bajo el ala del feminismo tradicional y atacar lo que en verdad nos limita a las mujeres hoy por hoy.
Y, por eso, yo no fui a la marcha de las putas, aunque sea puta y reputa. Porque Jesús incluso perdonó a María Magdalena... pero a los sepulcros blanqueados, a todos aquellos que ven la paja en el ojo ajeno en lugar del ver la viga en el propio... jamás. 

miércoles, 27 de julio de 2011

Beautiful Riga... Beautiful loneliness

Beautiful Riga...  Ese es el lema que han escogido en la capital de Latvia para promover una ciudad que yo, tal y como sucedió con Vilinus, no sabía ni dónde estaba en el mapa en mi ignorancia centroamericana.
Y efectivamente: se convertirá en una de las sorpresas del viaje. Supongo que ese es el fascinante chiste de lo desconocido: mientras que ciudades como Helsinki, de la cual yo esperaba un encanto misterioso y escandinavo, o como Zurich, que según yo iba a ser Suiza en su máxima expresión y su gloria, fueron una decepción mayúscula, Riga resulta ser una agradable sorpresa.
Primero que todo: INMACULADA. ¡Qué ciudad más limpia!!!!!! Ni Suiza, para seguir con la desmitificación helvética. Aquí sí es cierta la leyenda de que ni siquiera una chinga de cigarro en el suelo (yo nunca las tiro, pero aquí es tanta la limpieza que me hace guardarlas religiosamente en la cajetilla vacía que cargo en mi bolso). Y hermosa ciertamente...
Allí llego a hospedarme en una casa de estudiantes gracias al couchsurfing... Me encantan las casas de estudiantes: tiene uno la oportunidad de conocer más gente, están decoradas de forma muy original, es un microcosmos social donde siempre está sucediendo algo, un mosaico de personajes únicos que se entremezclan en la efervescencia de la juventud y donde, por lo general, soy hospedada en la cocina, epicentro de toda la actividad, de modo que nunca paso desapercibida y, mucho menos, aburrida.
En esta casa la verdad nunca llegué a saber con exactitud cuántos estudiantes vivían en ella, calculo que unos nueve más o menos, porque durante el par de noches que duermo ahí siempre veo entrar a alguien diferente a la cocina, de quienes recibo una generosa ración de pésimos pancakes, un café o un té bastante aguados, o un sandwich improvisado... En fin, comida de estudiante que, aunque de muy cuestionable calidad, me encanta y valoro MUCHÍSIMO porque sé, por experiencia propia, que cuando uno es estudiante no tiene muchas veces ni dónde caerse muerto y es un verdadero REGALO recibir algo con qué llenarse el estómago. Entre mochileros y estudiantes hay muchas similitudes, así que de todo corazón agradezco cada pedacito de pan que me dan quienes entran y salen, siempre dispuestos a compartir una charla vespertina desde mi sofá cómodamente instalado en una esquina.
Mi sofá en la cocina de una casa de estudiantes en Riga
Aquí están bastante acostumbrados a recibir couchsurfers y, en la pared del pasillo, hay una especie de "muro de la fama", donde cada quien escribe en su idioma original el nombre del país y estampa, con un grueso marcador negro, una línea. Así es como llevan la cuenta de quienes visitan este apartamento con múltiples y enormes cuartos. Mi única queja es que, como suele suceder en lugares hacinados, el baño es de lo más sucio que haya visto en mi vida, contrario a lo que es el espíritu de la ciudad... No sé si es que ya la adultez me está pegando, pero de veras que no se me antoja ducharme ahí y paso dos días en mi propia salsa, esperando por mejores condiciones higiénicas una vez que cruce la frontera hacia Estonia. Eso sí: hay una pila de revistas para leer (lamentablemente para mí, en latvio) y dos gatos de espaldas mirando una luna llena, artísticamente pintados en el tanque del inodoro.
Mi contribución al "muro de la fama" de couchsurfing en Riga

Con solo unas pocas horas para recorrer la ciudad, por muy buena atmósfera que tenga este apartamento atiborrado de latvios interesantes, no tengo más opción que enrumbar en compañía de la Cow a caminar por el típico casco antiguo y aprovechar mi limitado tiempo en Riga (malditos estados Schengen, que no me quieren más de tres meses dentro de sus múltiples fronteras).
Lo primero que me sorprende es un catedral de enormes proporciones que es, la que creo yo, será mi primera iglesia ortodoxa. En realidad, junto con Tomas, he visitado una pequeña, de madera, en un museo al aire libre en las afueras de Bardejov, Eslovaquia, pero no me había percatado en el momento, de modo que con gran curiosidad, ingreso al templo. Sí que es diferente: no hay bancas donde sentarse, con excepción de unas pocas sillas a los lados, las candelas son largas y delgadas de un alegre color amarillo (mi color favorito), hay muchos cuadros, frente a los que los fieles se quedan de pie respetuosamente mientras rezan y luego les dan un beso. Fascinada por la diferencia con las iglesias católicas, permanezco varios minutos, con la cámara a medio esconder, porque aquí, como ocurre en muchos templos ortodoxos, no se permite tomar fotos. 
Iglesia ortodoxa por dentro

Con el tiempo esto de las iglesias ortodoxas caerá, irremediablemnte, en lo que yo denomino el "efecto impala": cuando fuimos al Kruger Park, en Sudáfrica, lo primero que vimos al llegar fueron las impalas, una especie de venados africanos, novedosos para todo aquel no familiarizado con las enormes planicies del continente olvidado. Sin embargo, conforme nos fuimos adentrando en el parque, nos dimos cuenta de que estos animales están, literalmente, por TODAS PARTES, y son como el arroz para los leones: acompañan a las cebras o búfalos, que vienen a ser el plato fuerte. De modo que, al inicio, exclámabamos asombrados: "¡Impala!!!" y ya como a la hora: "Sí...impala...". Y en esto se convertirán las iglesias ortodoxas: en las impalas de Europa del Este porque las hay por todas partes. Igual, siempre las termino visitando, así como tengo no sé ni cuántas fotos de las benditas impalas.
En fin, luego camino por el centro de la ciudad donde sucede lo que, potencialmente, pudo haberse convertido en una VERDADERA CATÁSTROFE. Hay cinco cosas que yo no puedo perder BAJO NINGUNA CIRCUNSTANCIA o estaré jodida: 1. El pasaporte 2. La tarjeta de débito 3. La laptop 4. El adaptador de electricidad y 5. ¡LA COW! Y justo es eso lo que casi ocurre: luego de extraerla del bolso, desde donde observa cómodamente el paisaje, para tomarle una foto junto a la bandera de Latvia (imagen de rigor para la documentación de su periplo), no la guardo bien y se cae, en medio de una de las principales vías peatonales de Riga. Yo, la verdad, ni me he dado cuenta, hasta que veo a un hombre joven, guapísimo, en traje entero, persiguiéndome con la Cow en una mano, en medio de los turistas y locales que pasean por el boulevard: "Lady, lady! Your toy!" me grita, mientras agita a mi inseparable compañera de viaje en una mano... La verdad estoy TAN AGRADECIDA y TAN SORPRENDIDA que solo hasta después me entra la vergüenza: qué pena, yo tan grandecita ya y me tienen que recoger los juguetes en media calle... Igual, me deshago en agradecimiento con el mae, a quien no intento ni ligármelo, porque de verdad que me he quedado pasmada: pudo haber sido, ciertamente, una tragedia.
La Cow, posando para la que pudo haber sido su última foto... :S

Ya con la Cow bien encajada en el bolso, prosigo con mi paseo por Riga. No tiene mayores atracciones turísticas, pero es taaaan bonita, está taaaan bien cuidada y taaan limpia, que da gusto... Cómo quisiera compartirla con alguien. Me encantan los cafés al aire libre y me siento en uno a beber una cerveza (la moneda aquí es incluso más cara que el euro o la libra esterlina, de modo que con solo 7 lats me siento repobre y no me compro nada más, aunque es barato). Y miro la gente pasar, de la mano, y el grupo que toca en esta terraza de repente se lanza solo con canciones españolas... E inevitablemente, pienso en VOS. Y he aquí lo que escribo:
Extracto de la Pascualina:
"Riga, 20 de mayo
(...) Mañana sigue Estonia, de modo que ya dentro de una semana, después de los países bálticos, esté ya en disposición de exorcizar (¿o es "exorsizar"? Ya me hice bolas, pero se ve feo con s, así que creo que lo escribí bien a la primera), luego de 7 años, Berlin. Porque de Berlín sólo tengo dos pinches fotos... Estaba tan depre y era la primera vez que viajaba sola que ni eso... Cuánto he cambiado desde entonces... Año y medio de soltería han ayudado, además de los numerosos pichazos del caso. Pero en días como este me pega la soledad. Esta ciudad es tan bonita y hace un clima tan increíble, y aquí estamos solas la Cow y yo... Malditas polacas... ¡Cómo me echan a perder a los hombres! Luego ya se quedan descorazonados, hechos piedra como la que cargo en el bolsillo... Y nada de nada sirve (...). Tantas bocas, tantos besos, tantos brazos que no me sirven porque simplemente NO SON LOS TUYOS... No es de sorprenderse por qué tengo tantas ganas de regresar a Innsbruck. Al menos ahí tengo perro que me ladre y no estaré sola con una cerveza, oyendo una canción sobre el Ché en medio de latvios y rusos (...)".

Así es... sigo pensando en ÉL a pesar de todo... O al menos, así era en aquel momento, porque hoy, cuando escribo esta entrada del blog, me he hecho el firme propósito de dejarlo ir y yo marcharme en dirección opuesta, porque de veras que no es el hombre de quien me enamoré una vez... Tal vez sea ya el momento de dejar de creer en el amor después de todo y acostumbrarme a estar sola, que de todas maneras no me la paso tan mal...
Beautiful Riga

Y eso, precisamente, es lo que aprendo esa misma noche en Riga. En compañía de Anja, una de las chicas latvias que vive en la casa de estudiantes (y quien es una hippy contemporánea que está por marcharse, en un par de días, a mochilear pidiendo ride con una guitarra en una mano y una tienda de campaña en la otra), vamos a un parque a beber vino y a filosofar sobre la vida. Y ella me da una lección que no sólo voy a conservar, si no que voy a intentar poner en práctica el resto de mi vida: "Take the moment and make it perfect". Y es que tiene razón: la mayoría de las veces, los lugares, la gente y las circunstancias no son las ideales, pero por lo general son pasables, están bien, "they are ok", así que solo queda poner de nuestra parte y hacerlo perfecto. Es una frase tan simple, pero muchas veces la ignoramos y la dejamos pasar por estar deseando que las varas fueran de otra manera.
Así que esa es mi política ahora: me ENCANTARÍA estar con ÉL, pero como no se puede, ya basta de estarte deseando, ya basta de estar deseando alguien que me tome de la mano, si no tengo quién me la dé pues entonces no importa: voy a disfrutar sola, mirando a la gente pasear y creer en lo que para mí se está convirtiendo en un mito, mientras me bebo mi cerveza en paz en ciudades como Riga, hermosas, como hermosa puede llegar a ser, si lo quiero hacer perfecto, hasta la misma soledad.